Mara Nieto Álvarez se presenta sin rodeos: “Soy buscadora sobre conflicto armado, victimizante de desplazamiento, desaparición forzada de mi hermano, víctima de violencia sexual y mujer luchadora, mujer emprendedora”. El eje de su vida se partió el 22 de mayo de 2003, en Valledupar, cuando su hermano desapareció en un hecho que, años después, sería reconocido como un falso positivo.
“Hace ya 22 años, 10 meses y 1.192 semanas”, dice, con una precisión que revela que no ha dejado de contar. Lleva la cuenta porque, para ella, el duelo no termina mientras no haya verdad: “Yo creo que esto se cierra el día que sepa la verdad por parte de esas personas que hicieron esto, como los miembros del Ejército del Batallón La Popa; que cuenten por qué se lo llevaron, a quién se lo entregaron y por qué a un joven que vendía tintos”.
Infancia en extrema pobreza y una madre analfabeta que enseñó valores
Mara nació en una familia de diez hermanos, en medio de una “extrema pobreza enorme”, pero cargada de sueños. “Somos una familia netamente de Valledupar. Mi mamá vendía bolis, empanadas, carne, arepas… una mujer que no sabía ni leer ni escribir”, recuerda. Esa madre, que les ponía el cuaderno al revés para que hicieran las tareas sin delatar que no sabía leer, fue quien les inculcó valores que hoy sostienen la lucha de Mara.
Desde esa infancia, ella se pregunta por qué la guerra se llevó a un joven que ya había “superado tantos pasos de niño, de joven y que tenía grandes ilusiones”. “Por eso creo que esto se cierra el día que sepa la verdad”, insiste, conectando su historia con la de miles de familias que siguen buscando a sus desaparecidos en Colombia.
El 9 de abril: un abrigo que cubre y visibiliza
En un país que cada 9 de abril dedica una jornada a la memoria y la solidaridad con las víctimas del conflicto armado, Mara le pone imagen a lo que significa esa fecha para quienes cargan la ausencia todos los días. “Para mí, como mujer buscadora y víctima, siento este día como un abrigo”, dice.
Ese abrigo, explica, “permite cubrir ese dolor, nos permite abrazarnos, pero también nos permite soltar ese abrigo y visibilizarlo”. El 9 de abril, resume, es “el puente que nos permite decirle al mundo que estamos volviéndonos a levantar a pesar de todo lo que nos ha pasado”.
Mara Nieto también dejó su huella en la historia de la Ley de Víctimas: en 2014 viajó desde Valledupar al Congreso vestida de novia, junto a otra lideresa, para protagonizar una “boda simbólica” en la que el contrayente fue el entonces presidente del Senado, Juan Fernando Cristo, comprometiendo públicamente al Estado a cumplir la Ley 1448 de 2011.
Ese acto, en el que se declaró “la novia de Colombia” y al Senado como esposo representado en la ley, convirtió su duelo por el falso positivo de su hermano en un gesto político de reconciliación y exigencia de reparación para millones de víctimas en el país.
Noches terribles y una fórmula para no quedarse en el dolor
Las heridas no se limitan al pasado. “Lo más duro son las noches. Son terribles”, confiesa. Para ella y muchas mujeres víctimas de desaparición forzada, no existe la promesa de una noche tranquila: “Se llenan los recuerdos, es muy duro mantenernos explícitamente tranquilas porque hay emociones fuertes que no te permiten estar en paz”.
Mara Nieto luce uno de los diseños de su emprendimiento, prendas que tejen memoria y resiliencia de mujeres víctimas del conflicto armado en el Cesar y La Guajira.
La fórmula que encontró para no quedarse atrapada en esas marcas del cuerpo y del alma fue mantenerse ocupada: “Yo soy líder social desde muy niña, pero lo que me permitió volver a tomar las riendas fue decir: no me puedo quedar en este lugar, no me puedo quedar en estas marcas de mi cuerpo. Algo tengo que hacer”. Sus tres hijas, el miedo a que ellas vivan lo mismo y la expectativa de ser abuela la empujaron a transformar su experiencia en causa colectiva: “Quiero entregar lo mejor de mí para que a mi país y a mi tierra no les toque sufrir como me tocó a mí y a mi familia”.
“Coser y cantar”: moda, memoria y sanación colectiva
En esa búsqueda, Mara encontró en la costura y el diseño una herramienta para sanar y acompañar. Su proyecto “Coser y cantar” nació como un taller donde se mezclan el olor del café, las conversaciones entre mujeres y las puntadas que rehacen proyectos de vida rotos por la guerra. “Sentarnos a tomar café, contarnos nuestras historias de niñas, contar lo que sabemos hacer… eso nos permite romper el hielo, unir familias, unir talentos y crear diseños únicos”, explica.
Cada prenda es resultado de manos múltiples: “En cada vestido hay puesto un pedacito de cada familia. Hay unos que cortan, otros cosen, otros diseñan y otros dicen: ‘mira, podemos ponerle esto’”. Así, los dolores de muchas se vuelven una sola pieza de ropa, una “hora de las historias” que, según Mara, “nos ha permitido también sanar un poco de todo”.
Del barrio al local 253 en San Victorino
El trabajo de Mara y su colectivo traspasó el barrio y llegó a Bogotá. Gracias a la convocatoria “Visibles” de la Unidad para las Víctimas, “Coser y cantar” fue uno de los 20 proyectos ganadores y obtuvo en comodato el local 253 del Centro Comercial Neos Centro, en pleno corazón de San Victorino.
“Que le den un local en comodato no es cualquier cosa, tiene un costo millonario, pero nosotros no damos nada”, dice, consciente de la dimensión del respaldo. Ese local se convirtió en un espacio de memoria y dignificación: “Aquí vamos a poder tener nuestras prendas, nuestras colecciones, y recibir a personas de todo el país que quieran conocer las historias que habitan en cada diseño”, expresó.
A ese reconocimiento se suman premios y apoyos internacionales: una distinción de Rotary en Colombia y una subvención del Carter School en Washington, que le permitirá adquirir máquinas de coser y telas especiales para sus diseños artísticos. “Ellos dicen que es una subvención pequeñita, pero para mí es grandísima. ¿Por qué? Porque ya mi nombre está en Washington, como diseñadora de Valledupar, como emprendedora del Cesar y como mujer sobreviviente y buscadora”, celebra.
“La unidad apenas comenzó a mirarnos de verdad”
Aunque reconoce avances, Mara es clara en que el apoyo estatal sigue siendo insuficiente. “La Unidad de Víctimas definitivamente apenas comenzó a mirarnos de verdad en este gobierno”, afirma. Siente que la Alcaldía y la Gobernación “se han quedado cortos en el fortalecimiento a las mujeres emprendedoras”, sobre todo cuando proyectos como el suyo ya han logrado visibilidad y respaldo fuera del país.
Mientras una organización internacional financia telas y maquinaria, ella se pregunta por qué en Colombia aún no existe un respaldo proporcional: “Si este proyecto pequeñito ya está en Washington, ¿por qué la región no tiene ese mismo respaldo, sobre todo la región?”. Su llamado es directo: invita a la gobernadora, al alcalde de Valledupar y a la primera dama a sentarse en una mesa de trabajo con las emprendedoras para escuchar sus propuestas y ver “lo que ellos pueden hacer como mandatarios”.
Contra el miedo y el silencio: “No es hora de callar”
En su trabajo territorial, Mara se encuentra con muchas personas que son víctimas pero no se han acercado a ninguna entidad a declararse como tal. “El factor más recurrente es el miedo, la estigmatización y el pensamiento de que no pasa nada”, reconoce. Ella misma ha sufrido amenazas: “Mi primera amenaza fue en el año 2000, la segunda en 2001 y la tercera ya no fue amenaza, sino que fue desaparecida mi hermano, en 2003”.
A esas personas les envía un mensaje: “Hay muchas mujeres que no quieren declarar y estamos trabajando con ellas para motivarlas porque no podemos callar. Como dice Jineth Bedoya: ‘Ya no es hora de callar’. Tenemos que visibilizar lo que pasó para que esto no se vuelva a repetir”. Cree que, aunque el camino es difícil, “si trabajamos en equipo lo logramos”: mantener vivas las memorias, exigir derechos y convertir la pasividad en orgullo de mujeres sobrevivientes que están haciendo empresa.
¿Qué podemos hacer quienes no fuimos víctimas directas?
Mara también tiene una respuesta para quienes nunca han vivido de cerca el conflicto armado y se preguntan cómo acompañar a las víctimas. “Lo primero que tenemos que hacer es abrazarlas y darles las gracias porque, a pesar de que no han sufrido ese conflicto armado, están atentas a nosotras”, dice.
Para ella, la comunidad no víctima puede hacer algo sencillo pero esencial: “Estar atentos a la escucha y brindarnos ese abrazo solidario, ese abrazo regional, ese abrazo que nos permite salir un poco de este dolor perpetuo que ha sembrado en nosotras el conflicto armado”. En días como el 9 de abril, y en la vida cotidiana, ese gesto puede ser el primer paso para construir una sociedad que, como sus vestidos, se atreva a remendar lo roto y a confeccionar patrones distintos de futuro.







