En todas las sociedades hay hombres que parecen nacidos con especiales condiciones para cumplir tareas particulares, como si llegaran a la vida predestinados a realizar misiones especiales; pues, aunque hagan esfuerzos por dirigir su derrotero vital hacia una dirección, parece que fuerzas invisibles de indómita fortaleza los impelieran a realizar la misión a la cual su oculta teleología los ha convocado.
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Ese parece ser el caso de Nicolás Esteban Maestre Martínez, el maestro Colacho, como popularmente lo conocen en el medio académico bumangués. Ese personaje singular nacido en Patillal, un recodo paradisíaco al pie de la Sierra Nevada de Santa Marta, que creció en el Cañaguate, el barrio más popular, teatro de auténticas tradiciones y cuna de los más genuinos personajes folclóricos de Valledupar. Allí, en “una casita que por ser chiquita, en ella el amor se esparce y se sale“, forjó sus sueños de infancia y adolescencia, como todo joven de provincia que fantasea con el futuro y decide enrumbarse por los vericuetos universitarios para hacerse profesional y sacar a su familia de las penurias y afujias propias de la pobreza, ganando así un poco de respetable dignidad.
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Se hizo bachiller lopereno, como la mayoría de jóvenes destacados de su generación. Eran los años en los que la escasez de universidades en la región Caribe obligaba a la migración de los jóvenes de la región hacia las ciudades del interior, entre las cuales Bucaramanga y su renombrada UIS eran un ideal. De esa manera, en la década de los convulsionados setenta, se desplazó a la capital santandereana con la ferviente ilusión de hacerse ingeniero metalúrgico, profesión que, según sus proyectos, le daría la oportunidad de ayudar a sus viejos en la colosal tarea de educar a sus hermanos menores, pues su cuadro familiar era de número elevado.
La colonia costeña en la UIS —única universidad de la ciudad de entonces— era tan nutrida que se había creado la AUCA, una asociación de estudiantes costeños que propendía, entre otras cosas, por la representatividad de la cultura caribe en el claustro universitario. En ese ambiente, Colacho Maestre no pasaría desapercibido.
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Su paso por el Ballet Vallenato, una verdadera escuela de arte coreográfico y musical que había cosechado éxitos en el exterior, y su papel como director y coreógrafo del Grupo de Danzas Folclóricas del Colegio Nacional Loperena de Valledupar, le habían aportado una experiencia y un bagaje no despreciables para el propósito de sus coterráneos en la capital santandereana. De esa manera, muy pronto se convirtió en uno de los personajes más conocidos de la universidad.
El ser un personaje de la universidad le abrió puertas en gran parte de la Ciudad de los Parques, cuyos habitantes asistían con frecuencia a los espectáculos de “Colacho y sus tamboras” que se presentaban frecuentemente en la famosa Gallera, el escenario al aire libre del campus universitario.
Reconocimiento que ha mantenido durante tres décadas, siendo más conocido que muchos otros personajes de la ciudad, amén de los innumerables amigos que, de paso por la UIS, recibieron su influjo cultural y hoy se hallan dispersos por toda la geografía nacional ejerciendo su profesión; por eso, a donde llega, encuentra anfitriones voluntarios que se disputan el honor de hacerlo sus huéspedes.
La necesidad de afirmar esa trayectoria cultural, sumada a un quehacer y una presencia ya reconocidos al interior de la Universidad, fueron los factores causales que lo hicieron torcer la dirección de su carrera de ingeniero. De ese modo, y tras la realización de ocho semestres de estudio, pudo más el arte y la sensibilidad cultural que marcó su vida desde temprana edad.
A partir de ese momento, tomó la trascendental decisión de dedicar por completo la totalidad de sus energías y de su vida al servicio de la actividad cultural de la universidad. La suerte estaba echada y eran muchos los caminos recorridos por la variada geografía nacional en busca de información, como investigador, bailador, coreógrafo, observador, jurado, etc., siempre con la identidad de la universidad que lo acogió como un talento invaluable al que había que abrirle espacios para que desplegara todo su potencial.
Perdía la tecnología un potencial aportante a su desarrollo, pero ganaba la cultura popular y la academia a un gran luchador, un investigador y un gran defensor de las identidades locales a partir de sus elementos más representativos y de su autenticidad original. De esa manera, su mayor preocupación ha estado dirigida a lograr que el estudiante universitario conserve los lazos propios de su identidad, que la universidad y la ciudad no deben debilitar; para ello, el estudiante no debe soltar el cordón umbilical que lo mantenga unido a su realidad de origen y más bien preocuparse por conocerla mejor, tarea en la cual la universidad debe fortalecer esos vínculos antes que desdibujarlos y aportar las herramientas para construir identidad desde los grupos que en ella se conforman.
El paisano
Fue así como comprendió que la misión de la universidad debe ser hacia el saber universal, pero partiendo de lo local. Y desde esta perspectiva asumió que el compromiso debía ser más general; por eso, asumió la cultura de su región Caribe como epicentro de interés, pero la trascendió para abrirse a un escenario más universal.
Para ello buscó acercamiento con los más destacados etnomusicólogos estudiosos del folclor colombiano: Blas Emilio Atehortúa, Jacinto Jaramillo, Guillermo Abadía, Octavio Marulanda y otros; al mismo tiempo fue conformando un “club de cómplices”, una especie de “logia secreta” de amigos e investigadores de la cultura caribe que comparten celos, inquietudes, esfuerzos y sudores, entre quienes destacan Ciro Quiroz, Silvio Daza, Carlos Maldonado, Diógenes Pino, Carlos Franco, Carlos Vásquez y otros, con cuya membresía me honro.
Como producto de su tesón y empeño de búsqueda, hoy se puede decir que pocos como él conocen tan a fondo, y desde su misma realidad, la naturaleza y esencia del folclor colombiano, especialmente en su dimensión coreográfica y musical. Culminando ese esfuerzo tesonero y perseverante, limítrofe con el sacrificio, hoy, con orgullo vallenato presentado en empaque santandereano, presenta a toda Colombia esta obra, que es fiel reflejo de la seriedad y la formalidad con que ha hecho su trabajo; muy a pesar de la proverbial humildad que caracteriza todas sus actuaciones.
Los coterráneos que siempre hemos seguido su trayectoria sabemos bien que, con su permanencia en Bucaramanga —en donde ha contribuido grandemente a fortalecer la cultura del “Caribe Santandereano”—, no hemos perdido un paisano; por el contrario, hemos ganado un gran embajador, un hombre prototipo de la gente vallenata que, con verdadero espíritu colombiano, hace cultura en otras latitudes sin dejar de ser el patillalero y el cañaguatero de siempre. Paisano que un día regresará a la tierra que lo vio nacer, como Ulises a Ítaca, sin título de ingeniero, pero coronado de laureles y de glorias.
Por Simón Martínez Ubárnez







