OPINIÓN

La primera y última palabra

En medio de la polarización y el uso de la palabra como instrumento de confrontación, surge una reflexión sobre la responsabilidad colectiva en la construcción de la paz, la reconciliación y la esperanza como pilares de la democracia y la convivencia nacional

Jairo Mejía - Columnista de EL PILÓN

Jairo Mejía - Columnista de EL PILÓN

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A veces, mis queridos lectores, es difícil desarrollar hondura cuando solo nos movemos en la claridad. Estamos atravesando momentos en donde la palabra es usada como arma y nos obliga a muchos a refugiarnos y a los más imbéciles a salir ufanados a esparcir, vociferando y gritando, palabras que matan.

Intento no opinar ni escribir sobre política, el mal llamado arte de gobernar, pero considero necesario y no puedo callar ante lo que he percibido como una de las elecciones más violentas que ha tenido el país en los últimos tiempos, pues las palabras inyectadas de odio lanzadas de forma irresponsable por algunos candidatos han sido las armas que se riegan y entregan a un pueblo polarizado cada día más y cegado por muchos aspectos.

La Iglesia intenta desde su postura conciliadora calmar los ánimos exaltados de casi todo un país que está a punto de arder. La mayoría de los colombianos en vez de buscar un balde de agua e intentar apagar el fuego que ocasionan las palabras de otros, se afanan, al contrario, de cargar en los mismos más gasolina para regar con prontitud un fuego que vemos venir pero que a la vez no queremos ver. Ha dicho la Iglesia que convertir la política en una dinámica marcada por el miedo, el odio y la polarización debilita la deliberación racional, rompe el reconocimiento recíproco entre los ciudadanos y termina erosionando las bases éticas de la democracia. Y por ello, nos invita a actuar con serenidad y cordura, y a exigir que el debate electoral se centre en las propuestas para responder a las principales necesidades del país.

Desde hace mucho tiempo se perdió el arte de gobernar, como debería ser el ejercicio de la política, en donde esa búsqueda del bien común debe estar por encima de los intereses particulares o de las confrontaciones partidistas, promoviendo valores como la equidad, la justicia, la unidad, el perdón, la reconciliación y, la más importante, la paz que parece que con hipocresía buscamos los colombianos.

Todos los colombianos estamos obligados a ser actores en la búsqueda de la paz, pues tal encomienda no debe ser endilgada única y exclusivamente a los mandatarios de turno que procurarán “imponerla” de cualquier forma. Todos debemos participar y es un error pensar que dicha responsabilidad corresponde solamente al Gobierno, como ya lo advertí, no, mis queridos lectores, nosotros no podemos seguir perdidos en la indiferencia. Ninguna guerra ni ninguna dictadura pueden conculcar el derecho a la esperanza cuyo núcleo es el derecho a soñar, a soñar con un país al cual finalmente, siempre acabe por llegar la primavera, como bien lo dijo una vez Nicanor Restrepo Santamaría en su pequeño ensayo Derecho a la esperanza.

Hoy la palabra se blande como arma, como una espada que se agita ostentando sapiencia y razón y que con pronunciarla entre gritos y con odio se tiene la convicción que somos los líderes que deberían seguir los demás. Pero no debe ser así. La palabra lanzada no regresa y si retorna al igual que la piedra que lanzamos puede hacernos más daño que el que creemos. Hoy muchos colombianos, aún ilusionados con la mesura intentamos alzar la vista a un cielo y buscar en él con fe una esperanza que prefiere seguir dormida en la profundidad de la Caja de Pandora.

Ya a muchos no les importa lo que piensa el otro, quizás se cansaron de decir y pensar que el presente ofrece el paraíso de lo fugaz y que en cada latido intermitente de alguna estrella escuchará desde donde esté el verbo hecho vida, el mismo que se extiende sobre los abismos de las letras lanzadas por los políticos de turno y que obliga a refugiarse de la luz bulliciosa de la creación en el silencio de las nubes a las personas que se esconden con la túnica que ellas mismas han tejido condenadas a gritar con ironía su destino en la eternidad de la palabra.

Queridos lectores, hoy prefiero seguir soñando con un mundo que apenas susurra, pero sé que algún día nuevamente gritará, un mundo que florecería, no sé si perpetuamente, por supuesto que no, pero como siempre, al final habría alguien que soplaría desde adentro la vida misma y la creación del nuevo universo se daría con la última palabra de amor y reconciliación para la humanidad.

Por: Jairo Mejía Cuello

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