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Editorial - 18 mayo, 2010

Color de hormiga

La reciente decisión de la Fiscalía General de la República, de dictarle resolución de acusación al ex ministro del interior y justicia, Sabas Pretelt de la Vega, puso la cosa color de hormiga. El fantasma de la Yidispolítica ronda como alma en pena y amenaza con hacer barrejobo, arrasando con el prestigio del actual gobierno. […]

La reciente decisión de la Fiscalía General de la República, de dictarle resolución de acusación al ex ministro del interior y justicia, Sabas Pretelt de la Vega, puso la cosa color de hormiga.

El fantasma de la Yidispolítica ronda como alma en pena y amenaza con hacer barrejobo, arrasando con el prestigio del actual gobierno. Son seis años de karma desde que los amigos del gobierno, posesos por fiebre reeleccionista, convirtieron a los parlamentarios Yidis Medina y Teodolindo Avendaño en ases bajo la manga para sacar avante el proyecto en la instancia legislativa.

A pesar de aparentes periodos de tranquilidad, no hay sosiego a partir de entonces. Desde el comienzo las suspicacias se dispararon al hacerse públicas las peripecias que rodearon los cambios de opinión y voto de la parlamentaria Medina y la repentina e inexplicable ausencia de su colega Avendaño, comportamientos determinantes en la aprobación de la iniciativa.

Lo demás es llover sobre mojado. Yidis Medina se hace el harakiri al confesar el hecho delictuoso, haciéndose condenar por el delito de Cohecho por la Corte Suprema de Justicia, que a su vez ordena investigar a la contraparte necesaria del cohecho, altos funcionarios del gobierno que con sus ofertas y dádivas instigaron el cambio de actitud de los parlamentarios enjuiciados.

En unas primeras averiguaciones, los altos funcionarios del Estado, Sabas Pretelt y Diego Palacios, éste ministro de la protección social, amén de otros varios funcionarios, habían salido bien librados de las garras de la Procuraduría y la Fiscalía General, cuyas decisiones avivaban la ilusión de un exotismo sin paralelo, un delito de cohecho perpetrado por una sola parte, y no por bilateralidad de actores.

Para bien o para mal de la institucionalidad, la investigación ha tomado un nuevo rumbo y amenaza con dejar en ascuas la credibilidad del actual gobierno, inclusive la libertad de muchos de sus funcionarios y afectos.

Ciertamente, dos hechos contundentes son premonitorios. La resolución de acusación contra Sabas Pretelt, su equivalente a un llamamiento a juicio, eso es cosa seria. No necesariamente será condenado, pero los avezados en cuestiones jurídicas saben que está más cerca del cadalso que del paraíso. Siendo consecuentes, y muy a pesar de la individualización de la responsabilidad penal, probablemente otros altos funcionarios del actual gobierno morderán el polvo de la justicia.

La otra decisión contundente, también color de hormiga, es la apertura de investigación contra el Procurador General de la Nación justamente por una supuesta ineficacia en la valoración disciplinaria de las pruebas contra esos mismos altos funcionarios del gobierno, lo que los favoreció con una preclusión.

El perfil del país no puede ser más sorprendente, hoy cuestionadas casi todas sus dependencias-tentáculos por depredadoras a granel, pero todo apuntando a un mismo pulpo determinador. Basta sólo mencionar lo más reciente con el mismo común denominador: el DAS que colapsa en la manigua del delito, la urdimbre de la Yidispolítica a punto de arrastrar a varios ministros, el Procurador General en trance de morder polvo… algo grave debe estar acaeciendo cuando suceden todas estas tropelías, y peor, sin pudor alguno y desde el mismo centro del poder.

Guardadas las proporciones, parece Sodoma y Gomorra. Por fortuna, y quizás por la intensa oscuridad, una tenue luz titila a lo lejos, la de la justicia, que muchas veces también pela el cobre, lo cual hace más verosímil el parecido. Pero de cuando en vez la justicia hace gala de su majestad y dignidad, alimentando en el ‘país nacional’ la fe y la esperanza por salir de ese pantano de la corrupción, hoy por hoy el mayor problema monstruoso que desangra la institucionalidad colombiana.

Muchos atribuyen la coloración de hormiga a la nueva correlación de fuerzas entre el poder ejecutivo y las altas instancias del poder jurisdiccional, inclinada a favor de éstas últimas por el ocaso del actual gobierno y por la no recuperación de una fiscalía obsecuente.  Ojalá sean simples especulaciones, y ojalá esa tenue luz que en veces titila se convierta en intensa e insomne que brille por siempre y se gane el respeto y el reconocimiento de todos; la sal no puede corromperse… los señores magistrados de todas las cortes deben tomar conciencia de su dignidad, no sólo siendo honrados, mas también pareciéndolos.

Editorial
18 mayo, 2010

Color de hormiga

La reciente decisión de la Fiscalía General de la República, de dictarle resolución de acusación al ex ministro del interior y justicia, Sabas Pretelt de la Vega, puso la cosa color de hormiga. El fantasma de la Yidispolítica ronda como alma en pena y amenaza con hacer barrejobo, arrasando con el prestigio del actual gobierno. […]


La reciente decisión de la Fiscalía General de la República, de dictarle resolución de acusación al ex ministro del interior y justicia, Sabas Pretelt de la Vega, puso la cosa color de hormiga.

El fantasma de la Yidispolítica ronda como alma en pena y amenaza con hacer barrejobo, arrasando con el prestigio del actual gobierno. Son seis años de karma desde que los amigos del gobierno, posesos por fiebre reeleccionista, convirtieron a los parlamentarios Yidis Medina y Teodolindo Avendaño en ases bajo la manga para sacar avante el proyecto en la instancia legislativa.

A pesar de aparentes periodos de tranquilidad, no hay sosiego a partir de entonces. Desde el comienzo las suspicacias se dispararon al hacerse públicas las peripecias que rodearon los cambios de opinión y voto de la parlamentaria Medina y la repentina e inexplicable ausencia de su colega Avendaño, comportamientos determinantes en la aprobación de la iniciativa.

Lo demás es llover sobre mojado. Yidis Medina se hace el harakiri al confesar el hecho delictuoso, haciéndose condenar por el delito de Cohecho por la Corte Suprema de Justicia, que a su vez ordena investigar a la contraparte necesaria del cohecho, altos funcionarios del gobierno que con sus ofertas y dádivas instigaron el cambio de actitud de los parlamentarios enjuiciados.

En unas primeras averiguaciones, los altos funcionarios del Estado, Sabas Pretelt y Diego Palacios, éste ministro de la protección social, amén de otros varios funcionarios, habían salido bien librados de las garras de la Procuraduría y la Fiscalía General, cuyas decisiones avivaban la ilusión de un exotismo sin paralelo, un delito de cohecho perpetrado por una sola parte, y no por bilateralidad de actores.

Para bien o para mal de la institucionalidad, la investigación ha tomado un nuevo rumbo y amenaza con dejar en ascuas la credibilidad del actual gobierno, inclusive la libertad de muchos de sus funcionarios y afectos.

Ciertamente, dos hechos contundentes son premonitorios. La resolución de acusación contra Sabas Pretelt, su equivalente a un llamamiento a juicio, eso es cosa seria. No necesariamente será condenado, pero los avezados en cuestiones jurídicas saben que está más cerca del cadalso que del paraíso. Siendo consecuentes, y muy a pesar de la individualización de la responsabilidad penal, probablemente otros altos funcionarios del actual gobierno morderán el polvo de la justicia.

La otra decisión contundente, también color de hormiga, es la apertura de investigación contra el Procurador General de la Nación justamente por una supuesta ineficacia en la valoración disciplinaria de las pruebas contra esos mismos altos funcionarios del gobierno, lo que los favoreció con una preclusión.

El perfil del país no puede ser más sorprendente, hoy cuestionadas casi todas sus dependencias-tentáculos por depredadoras a granel, pero todo apuntando a un mismo pulpo determinador. Basta sólo mencionar lo más reciente con el mismo común denominador: el DAS que colapsa en la manigua del delito, la urdimbre de la Yidispolítica a punto de arrastrar a varios ministros, el Procurador General en trance de morder polvo… algo grave debe estar acaeciendo cuando suceden todas estas tropelías, y peor, sin pudor alguno y desde el mismo centro del poder.

Guardadas las proporciones, parece Sodoma y Gomorra. Por fortuna, y quizás por la intensa oscuridad, una tenue luz titila a lo lejos, la de la justicia, que muchas veces también pela el cobre, lo cual hace más verosímil el parecido. Pero de cuando en vez la justicia hace gala de su majestad y dignidad, alimentando en el ‘país nacional’ la fe y la esperanza por salir de ese pantano de la corrupción, hoy por hoy el mayor problema monstruoso que desangra la institucionalidad colombiana.

Muchos atribuyen la coloración de hormiga a la nueva correlación de fuerzas entre el poder ejecutivo y las altas instancias del poder jurisdiccional, inclinada a favor de éstas últimas por el ocaso del actual gobierno y por la no recuperación de una fiscalía obsecuente.  Ojalá sean simples especulaciones, y ojalá esa tenue luz que en veces titila se convierta en intensa e insomne que brille por siempre y se gane el respeto y el reconocimiento de todos; la sal no puede corromperse… los señores magistrados de todas las cortes deben tomar conciencia de su dignidad, no sólo siendo honrados, mas también pareciéndolos.