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Súper El Niño en Cesar y La Guajira: claves para no repetir las crisis de 2015 y 2024

Súper Niño 2026 encenderá de nuevo las alertas en Cesar y La Guajira: calor extremo, sequías, dengue e incendios obligan a aplicar desde ya las lecciones que dejaron los Niños de 2015–2016 y 2024.

Aumento de incendios en zona urbana y rural de Valledupar durante el fenómeno Súper Niño. Foto: archivo.

Aumento de incendios en zona urbana y rural de Valledupar durante el fenómeno Súper Niño. Foto: archivo.

Por: Katlin

@el_pilon

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El Ideam, la UNGRD y el Ministerio de Ambiente encendieron una nueva alerta: en solo dos semanas de mayo el Caribe, incluido el Cesar y La Guajira, registró temperaturas récord y un disparo de las alertas por incendios, mientras la probabilidad de un fenómeno de El Niño fuerte —que podría consolidarse con hasta el 96% de certeza hacia finales de 2026— obliga a estos departamentos a prepararse desde ya para más sequía, calor extremo y presión sobre el agua y la salud pública. 

Lo que dejaron los Niños de 2015–2016 y 2024 en el Cesar y La Guajira

Entre 2015 y 2016, el fenómeno de El Niño golpeó con fuerza al norte del país: en el Cesar y La Guajira se registraron sequías prolongadas, mortandad de ganado, pérdida de cultivos y racionamientos de agua en cabeceras y corregimientos. En el Cesar, al menos una veintena de municipios declaró afectaciones por sequía y desabastecimiento; en La Guajira se documentaron crisis humanitarias recurrentes en comunidades rurales e indígenas por falta de agua para consumo y alimentación.

A ese episodio se sumó el Niño 2023–2024, que volvió a disparar las alertas por incendios forestales en la Serranía del Perijá, la Sierra Nevada de Santa Marta y las sabanas del centro del Cesar. Los ríos bajaron de nivel, jagüeyes y pozos se secaron en los corregimientos de Valledupar, Pueblo Bello, La Jagua de Ibirico, Manaure y San Diego; al mismo tiempo, en La Guajira la escasez de lluvias agravó la ya crónica falta de agua potable en comunidades wayúu y campesinas.

Salud pública: calor, agua y mosquitos

En departamentos calurosos como el Cesar y La Guajira, un Niño intenso no solo significa “bochorno” y suelos secos; también puede convertirse en un problema serio de salud pública. El aumento de las temperaturas y el desabastecimiento de agua obligan a muchas familias a almacenar agua en tanques, canecas y recipientes improvisados, muchas veces sin tapa ni manejo adecuado. Ese almacenamiento deficiente, sumado al calor, crea condiciones ideales para la reproducción de mosquitos que transmiten dengue, zika y chikunguña, en zonas donde estas enfermedades ya son endémicas. 

En una entrevista, la secretaria de Salud de Valledupar, Jaide Medina, pidió a las familias que, si no van a desechar el agua almacenada, “busquen la manera de trasladarla y, a través de un colador, colarla”, porque “se van a dar cuenta de que ahí van a encontrar ese guazarapito”, en alusión a las larvas del mosquito del dengue. Añadió que es necesario “cortarle la transmisión para que no se vuelva una larva y posteriormente se vuelva un zancudo”, insistiendo en la revisión y el manejo adecuado de todos los recipientes donde se almacena agua en los hogares.

Al mismo tiempo, la sequía y los incendios forestales deterioran la calidad del aire y aumentan el material particulado, lo que empeora cuadros respiratorios en niños, personas mayores y pacientes con enfermedades crónicas. Los picos de calor extremo favorecen los golpes de calor y la deshidratación, especialmente en trabajadores del campo, vendedores informales y población en calle. 

Las autoridades en salud recomiendan anticipar campañas de prevención, reforzar la vigilancia epidemiológica y llevar información clara a corregimientos y resguardos, donde el acceso a servicios de salud es limitado.

Agua, alimentos y seguridad alimentaria

En el Cesar y La Guajira, El Niño impacta directamente la disponibilidad de agua para consumo humano, riego y ganadería. Ríos como el Cesar, el Guatapurí, el Ariguaní y el Ranchería han mostrado caídas importantes de caudal en episodios anteriores, lo que se traduce en menos agua para acueductos urbanos y rurales. Cuando las lluvias disminuyen y el calor se intensifica, los jagüeyes se secan antes de lo previsto y los sistemas de riego quedan cortos, afectando cultivos de pancoger y la alimentación del ganado.

Eso no solo golpea grandes cadenas productivas; también a las familias campesinas e indígenas que dependen de sus pequeñas huertas para comer. Menos agua y más calor reducen rendimientos, dañan cosechas y encarecen alimentos básicos que llegan a los mercados de Valledupar, Aguachica, Fonseca, San Juan del Cesar o Riohacha. 

De ahí que una de las claves para este nuevo Niño sea fortalecer la cosecha de agua (reservorios, jagüeyes mejorados, almacenamiento seguro), diversificar cultivos más resistentes al estrés hídrico y proteger los suelos para que retengan humedad.

Energía y ciudades: cuando El Niño también se siente en Valledupar y Riohacha

El sistema eléctrico colombiano depende en buena parte de las hidroeléctricas, y eso se siente también en el Caribe. Cuando las lluvias disminuyen y bajan los caudales de los ríos que alimentan los embalses, el país debe recurrir más a otras fuentes de generación para sostener la demanda. Ese ajuste se siente en ciudades como Valledupar y Riohacha, donde las olas de calor hacen que aumente el consumo de energía (ventiladores, aires acondicionados, refrigeración) justo cuando el sistema hídrico está bajo presión.

Las ciudades tampoco están a salvo de la escasez de agua: menos lluvias pueden traducirse en restricciones, cambios en los horarios de suministro y mayor estrés para acueductos cuya infraestructura ya viene rezagada. El Niño no distingue entre rural y urbano: en Valledupar o Riohacha se manifestará en calor más intenso, posibles racionamientos, mala calidad del aire y un sistema eléctrico y de acueducto bajo presión.

Ecosistemas, pueblos indígenas y el reto de la prevención

Los ecosistemas de la Sierra Nevada de Santa Marta y de la Serranía del Perijá ya llegan debilitados por deforestación, cambio de uso del suelo y presión sobre las fuentes de agua. Un Niño fuerte aumenta el estrés hídrico en ríos, quebradas y nacimientos de los que dependen pueblos kankuamo, arhuaco, wiwa, yukpa y comunidades campesinas de Valledupar, Pueblo Bello y la alta Guajira. Menos agua en la parte alta implica menos caudal en las partes media y baja, donde se abastecen acueductos y sistemas de riego.

En episodios anteriores, se han registrado incendios en bosques de la Sierra y el Perijá, pérdida de cobertura vegetal y afectaciones en fauna silvestre que se ve obligada a desplazarse buscando agua. Al mismo tiempo, se agudiza la competencia entre el agua para consumo humano, la que necesitan los ecosistemas y la que demanda el sector productivo. Aunque existe tecnología satelital y monitoreo hidrometeorológico suficiente para anticipar zonas críticas, la respuesta institucional sigue siendo, en muchos casos, reactiva: planes que se activan cuando la sequía ya está instalada o cuando los incendios se salieron de control.

¿Qué cambiar para no repetir 2015 y 2024?

Si algo muestran los fenómenos de El Niño de 2015–2016 y 2024 es que el Cesar y La Guajira siguen siendo altamente vulnerables frente a estos eventos, pero también que hay margen para cambiar el enfoque. Algunas claves: pasar de la improvisación a la planificación de largo plazo del agua (proyectos de almacenamiento, reducción de pérdidas en redes, protección de nacimientos), fortalecer la salud pública preventiva (control de vectores, educación comunitaria, alerta temprana por olas de calor), y poner en serio la gestión del riesgo en el centro de la decisión política.

La preparación que hoy se pide para el “Súper Niño” no es solo una lista de recomendaciones: es una prueba de si estos departamentos pueden aprender de lo vivido en 2015 y 2024, reducir la improvisación y construir una respuesta que proteja, primero, a quienes siempre terminan pagando el costo más alto: comunidades rurales, pueblos indígenas, niños y personas mayores.

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