31 marzo, 2019

Artesanas de la memoria y el pensamiento kankuamo

Juana Arias, Paulina y muchas otras kankuamas mantienen sobre sus hombros y entre sus dedos la transmisión de un legado ancestral que identifica a las mujeres de su etnia, que han puesto a viajar su patrimonio, la mochila, a través de las fronteras del mundo para entronizarse como una marca identidad universal.

Observando a su madre, Juana Mercedes Arias Gutiérrez aprendió la tradición del tejido, que hoy transmite a nuevas generaciones y promueve como la identidad cultural del pueblo kankuamo.

 Foto suministrada Juana Arias.

Por Mariaruth Mosquera

A medida que van entrelazando los hilos con mágica y sagrada destreza, los van impregnando de pensamientos buenos para que el tejido tenga energías positivas. “Tejer es pensar”. Es lo que dice Juana Mercedes Arias Gutiérrez, una de las tantas mujeres que con sus manos, su amor y saberes han sido artesanas de la memoria kankuama que se lee desde la ancestralidad o desde los caracoles, peines, cerros, caminos y otros dibujos que toman forma en los cuerpos de las mochilas de fique.

Cuando su tejido dibuja un ramo es porque su pensamiento las ha llevado a las hojas de mango o de café, si es un camino entonces han pensado en los senderos que van dejando las huellas de los caballos en lo alto de los cerros; “un rombo es la semejanza de los cerros y cuando tejemos los cerros cuadrados, estamos haciendo las cuatro esquinas del mundo”; explica y da orientación sobre los diseños masculinos, como el árbol, el caracol que sube a la cima; o los femeninos como el cambiro.

Observando a su madre, Juana Mercedes Arias Gutiérrez aprendió la tradición del tejido, que hoy transmite a nuevas generaciones y promueve como la identidad cultural del pueblo kankuamo. Foto suministrada Juana Arias.

También tejen a Kaku Serankua, quien según la tradición oral kankuama es padre –junto con Niankua- y dador del territorio a los cuatro pueblos indígenas de la Sierra (Wiwa o Arzarios, Ika o Arhuacos, Kaggaba o Kogi y kankuamos) que representan cuatro patas de una mesa que no es otra cosa que el mundo. Pero Juana Arias se refiere a este ‘mamo supremo’ como “el dios de los arhuacos” o alguien en quien creen “ellos”, refiriéndose a las autoridades tradicionales y aquella parte del pueblo que mantiene la ritualidad de acuerdo con la Ley de Origen que alumbra el conocimiento ancestral, así como trata de lo material y espiritual. Ella cree “en Dios Todopoderoso creador del cielo y la tierra y en Jesucristo su hijo unigénito”; lo cual traduce los procesos de aculturación que han tenido lugar en los pueblos a través de los procesos de colonización.

Así como en el amor, cuando habla de su arte, a Juana le brillan los ojos y su voz adquiere matices gozosos, aunque lamenta que el suyo es un quehacer poco valorado por quienes finalmente se benefician de él, luciendo sus creaciones por el mundo, pues dice: “a veces duramos ocho y diez días haciendo esa mochila y entonces nos quieren dar por ella cincuenta mil pesos o nos piden rebaja”.

Eso, la valoración justa para el trabajo de las artesanas, es una de las tareas de la Asociación de Artesanas Kankumas, que agrupa a más de cien mujeres, incluida Juana Arias, y que exportan sus productos al mundo, donde tienen tan buena receptividad que la influyente presentadora de la televisión norteamericana Oprah Winfrey lució una de estas creaciones kankuamas, junto con un sombrero vueltiao y debajo de una Ceiba, en la portada de su revista ‘The Oprah Magazine’ que saldrá este mes de abril. Son ‘pequeñas victorias’ que llenan de alegría a esta artesana; no obstante, el logro mayor será la valoración de su oficio tradicional.

La influyente presentadora de la televisión norteamericana Oprah Winfrey lució una mochila kankuama junto con un sombrero vueltiao, debajo de una Ceiba, en la portada de su revista ‘The Oprah Magazine’ que saldrá este mes de abril. Foto Cortesía.

‘Menche’, como la llaman por cariño, nació el día de la Virgen de las Mercedes hace más de seis décadas en lo alto de la Sierra Nevada, en Atánquez, un edén elevado a 1.700 metros sobre el nivel del mar, rodeado de montañas y preñado de historia, que se conoce como la capital del Resguardo Indígena Kankuamo, uno de los cuatro pueblos indígenas que pueblan el sistema montañoso litoral más alto de Colombia. Por eso lleva ese nombre, “porque miraban el día que uno nacía; entonces su era el día de San Isidro Labrador, lo bautizaban así”.

Allá creció viendo los rituales de hilandería de su madre y la madre de su madre, de modo que a los cinco años ya había adquirido las nociones básicas para tejer una mochila. “Usted sabe que uno es curioso y yo veía que ella hilvanaba, a la edad de cinco años ya echaba mis primeras puntaditas. Esa es una tradición”, dice para luego explicar el proceso de su arte, cómo es la tarea de hilar el fique, lavarlo, tinturarlo, secarlo, hilvanarlo en una carrumba y emprender la tarea de tejer pensamientos, que más tarde envían a los mercados del mundo.

Sus días transcurren en el cumplimiento de la misión tácita que le heredaron las mujeres de su ancestralidad, la cual cumple en Ramalito, Cocosolo, La Mina, Pontón, Chemesquemena, Atánquez o a donde su tarea como formadora del Sena, transmisora de la tradición, demande su presencia. Así, a donde llega, lleva con ella su lema de “recuperar la tradición para que no se pierda, porque ahora no quieren coger la cultura, y es para que no se les olvide porque eso fue lo que nosotros aprendimos”.

Paulina y la tradición

Paulina Villazón no tiene Instagram ni ningún contacto virtual. A ella se le encuentra en Cocosolo, un pueblo de sesenta casas acunado sobre las faldas de la Sierra Nevada, no muy lejos de Juana Arias. Los años le han robado destreza visual y motriz y uno que otro archivo de su memoria, en la que guarda una enciclopedia de muchos tomos de experiencias no sólo con el fique, sino con plantas milenarias y con el arte milagroso de ayudar a traer hijos al mundo. No hay en su memoria registros de qué partera la trajo a ella aquel 18 de junio de un año que no recuerda, ahí en Cocosolo, pero sí de los muchos niños que ayudó a nacer en su oficio de partera, que era tan necesario en tiempos remotos de noches oscuras, caminos agrestes y ausencia de cesarías.

Paulina Villazón no tiene clara la cuenta de los años que lleva tejiendo mochilas, la cuenta se le perdió así como la de los partos que había atendido, que se llevó el río Badillo en una creciente una noche oscura en la que iba a cruzarlo y se le cayó el cuaderno donde llevaba la cuenta. Foto Mariaruth Mosquera.

A ‘partear’ aprendió de la misma manera que lo hizo con el tejido y con los secretos medicinales y espirituales de las plantas: mediante el ejercicio de la observación, método de aprendizaje existente desde el principio de los tiempos. “Mi mamá era partera; cuando iba a partear me llevaba, pero no lo dejaban ver a uno de pelao sino que nos quedábamos afuera y desde allá oíamos al muchachito llorando; ya cuando le hacían aseo a la mujer entonces era que lo dejaban a uno entrar a ver al niño”.

Así, mientras fisgoneaba por una rendija un nuevo nacimiento, componía versos y décimas, bebía la sabiduría ancestral amasada en las montañas de la sierra con el vuelo de las aves, hidratada con los ríos puros, los árboles y plantas que resultaban vitales para curar los males del alma y del cuerpo.

“Los ríos de la Nevada son ríos virtuosos porque salen de las lagunas principales. Río Badillo es virtuoso, por ejemplo. Y las plantas son puras, no son como las de por acá abajo que son simples. Ya no tienen la fortaleza que tiene la Sierra. La Sierra Nevada es la Corporación de los Marandúa (mensajeros de la selva que porta buenas noticias), de la gente sabia. A la Sierra la hace fuerte la creencia y la sabiduría de los Mamo; también la creencia, la fe que tienen los indígenas”, dice, mientras sigue tejiendo una nueva mochila, después de tinturar la fibra con diversas plantas y elementos como Ojo de buey, concha de coco, Nola, corazón de brasil, basura de la cebolla seca y cualquier otra planta porque “todas las plantas tienen colores”.

Es una autoridad que tiene con ella la sabiduría ancestral que necesita ser recuperada para salvaguardia de la tradición y beneficio de las generaciones presente y futura, aunque –asegura su colega Juana Arias- que la mayoría de la juventud de ahora no quiere aprender la cultura, incluso “ya los hombres no tejen chinchorros, ni sombreros de paja”; y que también se están tejiendo en el territorio kankuamo mochilas de lana (que son arhuacas) porque ya no hay quien saque maguey de forma artesanal: “ahora es pura máquina”.

Salvaguardia del arte y la lengua

El arte de tejer, así como la recuperación de la lengua kankuama, hace parte de los procesos de salvaguardia que se adelantan en Atánquez, mediante su inclusión en el método educativo kankuamo, según lo explicó Buelvas Amador Ariza Pacheco, docente y coordinador general de educación del pueblo kankuamo. “Ahorita tenemos eso vinculado en el modelo educativo kankuamo, donde una de las líneas es el arte, la artesanía y por eso allí procede el docente a recordar y avanzar en estos procesos con los estudiantes. Por el otro lado, es algo cotidiano donde las familias que todavía tienen este arte hacen una transmisión de saberes de padres a hijos; o sea que hacen la práctica directa para el mismo tejido, la elaboración de instrumentos para el trabajo en el campo, también para instrumentos musicales”, cuenta este líder de la educación.

En Atánquez, resguardo indígena kankuamo, se adelantan procesos de salvaguardia de tradiciones como el tejido, la elaboración de instrumentos para el campo, la cocina y la música, así como de recuperación de la lengua kankuama. Foto Mariaruth Mosquera.

La elaboración de canastos para recolección del café, sillones para los mulos y burros, herramientas como cabos para hacha, cavador, pala; enseres de cocina como vasijas, totumas, cucharas, bateas y platos, así como así como carrizos, maracas, cajas, tambores y otros instrumentos musicales que se usan para interpretar la gaita, el chicote, la chinita y otros, son tareas que aún se desarrollan entre el pueblo kankuamo, aunque según lo asegura Ariza Pacheco, esta tradición también se está perdiendo. “Estamos invadidos por elementos plásticos que ya han ido metiéndose porque son de bajo costo y los otros tienen más trabajo para hacerlos”. Añade que la labor de transmisión cultural se dificulta más cuando se trata de adolescentes y jóvenes, pues estos prefieren la modernidad. “Cuando comenzamos a temprana edad lo logran recibir, pero cuando algunos están minados por algunas acciones de la otra cultura, ya hay rechazo y dentro de eso tenemos a algunos adultos que son los primeros en rechazar eso”.

En el tema de la lengua kankuama, ésta no se ha perdido sino que permanece dormida en la memoria de los mayores, por lo que se adelanta un proceso de indagación y recuperación y se han encontrado bastantes referentes a los saludos, horas del día, partes del cuerpo, números, nombres de plantas y autoridades, lo que ha permitido acopiar un extenso vocabulario que ya ofrece la posibilidad de establecer diálogos. Así lo expresa Olman de Jesús Blanchar Maestre, etnolingüista, asesor pedagógico en los procesos de recuperación de la lengua, quien fue cabildo de Atánquez y secretario general de educación del resguardo kankuamo. “El pueblo kankuamo por la misma intromisión de afuera, la aculturación, presencia de otras culturas y otros elementos, la política, la misma religión hicieron que nos avergonzáramos de lo que teníamos y poco a poco se fue imponiendo en español como lengua oficial del kankuamo, pero los anteriores mayores kankuamos y de los otros pueblos de la sierra tienen un remanente de nuestra lengua”, explica.

Parte de este trabajo de investigación, dice Blanchar Maestre, fueron los insumos para que Samuel Eduardo Leal Arias, joven de 21 años, estudiante de Arte y Folclor de la Universidad Popular del Cesar, creara el diccionario bilingüe (kankuamo-español) con 300 palabras. “Lo que él hizo fue una recopilación y la idea del diccionario se la di yo; me pareció magistral, pero eso es parte del trabajo que yo hice; de alguna manera él hizo una publicación donde se atribuye el proceso de recuperación de la lengua, pero es un proceso que hicimos nosotros, con nuestros pueblos. Lo que hizo me parece muy bueno también, pero antes de eso teníamos este proceso”.

Ahora el grupo de recuperación de la lengua kankuama avanza en el diseño de un alfabeto y programan la elaboración de una cartilla para enseñar la lengua. Ya cuentan con dos módulos, además de otros materiales que les han dado a los maestros. “Nosotros cuando construimos el modelo educativo planteamos en el currículo una asignatura propia que es lengua kankuama”.