26 marzo, 2020

A sacar el trapo rojo señores

Después de la tempestad viene la calma, canta Rubén Blades, para  no mencionar a otros filósofos musicales de nuestro tiempo, pues los conocidos como Spinoza,  Sartre, Ortega y Gasset, Schopenhauer  son muy complejos y misteriosos. Lo de misterioso es cuota mía. La verdad, estamos en tiempos recios para encadenarnos a Vargas Llosa. Cuando llegue la […]

Después de la tempestad viene la calma, canta Rubén Blades, para  no mencionar a otros filósofos musicales de nuestro tiempo, pues los conocidos como Spinoza,  Sartre, Ortega y Gasset, Schopenhauer  son muy complejos y misteriosos. Lo de misterioso es cuota mía. La verdad, estamos en tiempos recios para encadenarnos a Vargas Llosa.

Cuando llegue la calma, seremos otras personas, parecidas, acaso desiguales, pero diferentes. Cada tragedia en el fondo deja una enseñanza de aplicación futura, para no repetirse cuando es negativa, como es el momento actual.

En Valledupar se han perdido dos cosas y a nadie parece importarle: la Vallenatía y la Ruralidad. La primera es ese sentimiento de valores, respeto, costumbres repetitivas de siglos, que  incluyen el buen humor y la eterna bohemia entre paisanos, sin hablar de la gastronomía única, hoy la moda le incluyó “cup cake  de chilonga” pero siguió igual. Cualquier vallenato distingue  entre chilonga y viranga,  imaginarme a los investigadores cachacos traduciendo o interpretando las conocidas grabaciones de Cayita Daza, donde las palabras de alto turmequé, ni el instituto Caro y Cuervo tienen claras debió ser tortura idiomática. Junto a Ana del Castillo, esta vallenata despertó el nuevo lexicón de la región. (Instituto Cacho y Cuerno, para ellas). Mejor dicho, una catapila de palabras bravas.

En cuanto a la ruralidad, es la forma un poco inferior tanto en lenguaje como en inocencia, pero los  mismos gratos valores de la gente de aquel pueblo grande. Ya no hay nueve noches ni velación casera para nuestros muertos, hoy una pila de motos con canciones de reguetón y rancheras baratas hacen la bulla en pleno cementerio, incluso atracan en el camino. Todo se derrumbó, canta otro salsero…

Pero hay cosas, repito en estos tiempos recios, que llaman la atención, incluso la emoción. Esta semana, a alguien se le ocurrió que quienes tuvieran necesidad de mercado gratis pusieran en sus casas un trapo rojo para tener derecho. Salí, observé cientos de trapos rojos y pensé en la gloria de mi partido sentimental y racional: el Liberal. Dije para mis adentros que aún no todo se había perdido, si bien tenemos crisis de líderes, de cualquier matojo sale un  conejo y llamé a varios dirigentes locales, pero nada, todos caseros, chateando duro, pero caseros. No había sucesos, ni bienvenidas anunciadas, “Todos estábamos a la espera”, como el cuento de Cepeda Samudio que los prehistoriadores del Festival Vallenato dicen  fue el inventor del evento en Ciénaga Magdalena. Un asomo de trapo en algo serio no es un buen chiste y claro, gran parte del Valle sacó su trapo. Y rojo.

Seremos distintos, seres reencontrados con nosotros mismos, reconocimos de nuevo la casa, desde el cuchillo que no corta, hasta el caldero a reemplazar. Lo que no debemos reemplazar es la humildad, la preservación de lo que aún nos queda de vallenatía, el Valle para los vallenatos, como dijo John Quincy Adams y atribuida al presidente James Monroe en 1823   América para los americanos. Cuando haya una oportunidad, primero un vallenato, segundo un vallenato y tercero un provinciano, así comienza a arreglarse el asunto.

PD. Como estamos enredados en la entrega de mercados, la mejor manera es cederles la repartición a quienes intervinieron en la campaña pasada, sin importar que hayan perdido o ganado, ellos saben perfectamente donde está cada ciudadano necesitado. Es más, les conviene que sigan ahí. ¡Ensayemos!