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Columnista - 23 abril, 2010

A los que sufren

Por: Valerio Mejía Araujo “Hermanos míos, gozaos profundamente cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia” Santiago 1:2-3. Toda persona con quien nos tropezamos, está peleando una batalla. Todos estamos peleando batallas y llevando cargas, por eso necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir. No son las exigencias […]

Por: Valerio Mejía Araujo

“Hermanos míos, gozaos profundamente cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia” Santiago 1:2-3.

Toda persona con quien nos tropezamos, está peleando una batalla. Todos estamos peleando batallas y llevando cargas, por eso necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir.
No son las exigencias normales de la vida las que nos quebrantan, sino esas sorpresas dolorosas.
Nos encontramos a veces peleando batallas en una guerra que nunca declaramos y llevando cargas por razones que no entendemos. Y no me refiero al hecho de cosechar lo que sembramos, porque sabemos que si traspasamos o transgredimos las normas debemos aceptar las consecuencias, pero a veces suceden cosas aún cuando no quebrantemos ninguna norma. Y la verdad es que sí, también a los hijos de Dios, les suceden cosas malas y cuando eso ocurre comenzamos a dudar de que la vida tenga sentido.
Hoy quiero hablarles a las personas que sufren, a aquellos que en cualquier lugar de la provincia pasan por situaciones o  momentos de dolor,  a aquellos quienes aquejados por dudas y preguntas procuran llegar hasta los fundamentos de la vida misma.
Creo que debemos replantear nuestra posición frente el tema del sufrimiento humano y de cara al dolor, asumir algunas justas posiciones: Primera, nuestras respuestas a los problemas del sufrimiento deben tener sinceridad y solidaridad. Si fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, debemos ser solidarios con el que sufre. Muchas veces de manera intelectual no podremos comprender lo que pasa, pero emocional y afectivamente debemos expresar simpatía y solidaridad con la persona que enfrenta una situación de aflicción.
Segunda, las personas vivimos por promesas, no por explicaciones. No podemos responder todas las preguntas, y si lo hiciéramos, las repuestas no nos garantizarían que la vida resultaría más fácil o el sufrimiento más llevadero. El depositar nuestra confianza en las promesas, nos abre un panorama de esperanza; y lo que creemos condiciona de tal manera nuestra manera de ser, que determina cómo nos comportamos. “La fe es la fuerza que nos hace vivir”.
Tercera, todos tenemos derecho a vivir con abundancia y alegría. La vida es un regalo de Dios y debemos atesorarla, protegerla y no gastarla sino invertirla. Si bien podemos posponer algunas decisiones, jamás podremos posponer vivir. No podemos posponer vivir hasta que estemos listos y preparados, la vida nos cae encima y nos arropa. La vida la agarramos y hacemos con ella lo mejor que podamos, o la dejamos.
Cuarta, debemos vivir para otros. El sufrimiento puede hacernos egoístas y poco generosos. Puede hacer que seamos parte del problema y no parte de la solución. Cuando nos sentimos atrapados por alguna situación de tristeza o sufrimiento, lo mejor que podemos hacer es procurar algo bueno por otra persona. El Apóstol Pablo afirmaba que Dios nos consolaba en nuestras tribulaciones para que también nosotros pudiéramos consolar a otros. Creo que fuimos creados para ser como canales, portadores, conductos abiertos, y no lagos cerrados; para pensar en otros y no sólo en nosotros mismos.
Quinta, tenemos todos los recursos de Dios a nuestra disposición. La historia humana está llena de testimonios de personas que pudieron haber sido víctimas pero que decidieron ser vencedores. El sufrimiento puede convertirse en nuestro amo o podemos convertirlo en nuestro siervo, dependiendo de cómo manejemos las crisis de la vida. Después de todo, las crisis no hacen a las personas; sólo revelan y sacan a la luz lo que las personas llevamos por dentro. Lo que la vida nos hace a nosotros, depende en cierto sentido de lo que la vida encuentre en nosotros. Los recursos de Dios para superar el sufrimiento y salir victorioso de una situación de dolor y aflicción, están disponibles para nosotros si queremos usarlos.
El perdón, el amor, la esperanza, las nuevas oportunidades, el disfrute de sus misericordias nuevas cada mañana, el descubrimiento de nuestra razón de ser y de existir, las metas, el sentido de valoración y suficiencia, están a nuestra disposición de parte del Señor.
En ocasiones, de cara al dolor nos preguntamos: ¿Dónde está Dios? ¿Por qué lo permite? ¿Mediante que reglas dirige el juego de la vida? ¿Tiene poder para intervenir y cambiar los asuntos de la vida? Frente a esa misma situación de sufrimiento, el salmista también se pregunta: ¿De dónde vendrá mi socorro? La respuesta correcta la expresa el mismo salmo: ¡Mi socorro viene del Señor, quien hizo los cielos y la tierra!
¿Cómo puede ocurrir? ¡Alzando mis ojos a los montes!
Amado amigo lector: Aún cuando en ocasiones no podamos entender ciertas situaciones de dolor y sufrimiento, siempre tendremos la opción de levantar nuestros ojos al cielo para implorar ayuda y oportuno socorro de parte del Señor.
Hoy los invito a abrir nuestro corazón a estas grandes verdades: Siempre ha habido y habrá sufrimiento en el mundo, pero el sufrimiento no es un tópico para especulación, sino una oportunidad para demostrar compasión e involucrarnos. La mente crece al tomar, pero el corazón crece al dar.
Estemos dispuestos a obedecer la verdad de las Escrituras e ir hacia donde nos lleve, para encontrar alivio y esperanza, paz y consuelo que podamos compartir con otros en el nombre de aquel quien un día dijo: “Mi paz os dejo, mi paz os doy”.
Les mando un abrazo consolador en Cristo…

[email protected]

Columnista
23 abril, 2010

A los que sufren

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Valerio Mejía Araújo

Por: Valerio Mejía Araujo “Hermanos míos, gozaos profundamente cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia” Santiago 1:2-3. Toda persona con quien nos tropezamos, está peleando una batalla. Todos estamos peleando batallas y llevando cargas, por eso necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir. No son las exigencias […]


Por: Valerio Mejía Araujo

“Hermanos míos, gozaos profundamente cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia” Santiago 1:2-3.

Toda persona con quien nos tropezamos, está peleando una batalla. Todos estamos peleando batallas y llevando cargas, por eso necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir.
No son las exigencias normales de la vida las que nos quebrantan, sino esas sorpresas dolorosas.
Nos encontramos a veces peleando batallas en una guerra que nunca declaramos y llevando cargas por razones que no entendemos. Y no me refiero al hecho de cosechar lo que sembramos, porque sabemos que si traspasamos o transgredimos las normas debemos aceptar las consecuencias, pero a veces suceden cosas aún cuando no quebrantemos ninguna norma. Y la verdad es que sí, también a los hijos de Dios, les suceden cosas malas y cuando eso ocurre comenzamos a dudar de que la vida tenga sentido.
Hoy quiero hablarles a las personas que sufren, a aquellos que en cualquier lugar de la provincia pasan por situaciones o  momentos de dolor,  a aquellos quienes aquejados por dudas y preguntas procuran llegar hasta los fundamentos de la vida misma.
Creo que debemos replantear nuestra posición frente el tema del sufrimiento humano y de cara al dolor, asumir algunas justas posiciones: Primera, nuestras respuestas a los problemas del sufrimiento deben tener sinceridad y solidaridad. Si fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, debemos ser solidarios con el que sufre. Muchas veces de manera intelectual no podremos comprender lo que pasa, pero emocional y afectivamente debemos expresar simpatía y solidaridad con la persona que enfrenta una situación de aflicción.
Segunda, las personas vivimos por promesas, no por explicaciones. No podemos responder todas las preguntas, y si lo hiciéramos, las repuestas no nos garantizarían que la vida resultaría más fácil o el sufrimiento más llevadero. El depositar nuestra confianza en las promesas, nos abre un panorama de esperanza; y lo que creemos condiciona de tal manera nuestra manera de ser, que determina cómo nos comportamos. “La fe es la fuerza que nos hace vivir”.
Tercera, todos tenemos derecho a vivir con abundancia y alegría. La vida es un regalo de Dios y debemos atesorarla, protegerla y no gastarla sino invertirla. Si bien podemos posponer algunas decisiones, jamás podremos posponer vivir. No podemos posponer vivir hasta que estemos listos y preparados, la vida nos cae encima y nos arropa. La vida la agarramos y hacemos con ella lo mejor que podamos, o la dejamos.
Cuarta, debemos vivir para otros. El sufrimiento puede hacernos egoístas y poco generosos. Puede hacer que seamos parte del problema y no parte de la solución. Cuando nos sentimos atrapados por alguna situación de tristeza o sufrimiento, lo mejor que podemos hacer es procurar algo bueno por otra persona. El Apóstol Pablo afirmaba que Dios nos consolaba en nuestras tribulaciones para que también nosotros pudiéramos consolar a otros. Creo que fuimos creados para ser como canales, portadores, conductos abiertos, y no lagos cerrados; para pensar en otros y no sólo en nosotros mismos.
Quinta, tenemos todos los recursos de Dios a nuestra disposición. La historia humana está llena de testimonios de personas que pudieron haber sido víctimas pero que decidieron ser vencedores. El sufrimiento puede convertirse en nuestro amo o podemos convertirlo en nuestro siervo, dependiendo de cómo manejemos las crisis de la vida. Después de todo, las crisis no hacen a las personas; sólo revelan y sacan a la luz lo que las personas llevamos por dentro. Lo que la vida nos hace a nosotros, depende en cierto sentido de lo que la vida encuentre en nosotros. Los recursos de Dios para superar el sufrimiento y salir victorioso de una situación de dolor y aflicción, están disponibles para nosotros si queremos usarlos.
El perdón, el amor, la esperanza, las nuevas oportunidades, el disfrute de sus misericordias nuevas cada mañana, el descubrimiento de nuestra razón de ser y de existir, las metas, el sentido de valoración y suficiencia, están a nuestra disposición de parte del Señor.
En ocasiones, de cara al dolor nos preguntamos: ¿Dónde está Dios? ¿Por qué lo permite? ¿Mediante que reglas dirige el juego de la vida? ¿Tiene poder para intervenir y cambiar los asuntos de la vida? Frente a esa misma situación de sufrimiento, el salmista también se pregunta: ¿De dónde vendrá mi socorro? La respuesta correcta la expresa el mismo salmo: ¡Mi socorro viene del Señor, quien hizo los cielos y la tierra!
¿Cómo puede ocurrir? ¡Alzando mis ojos a los montes!
Amado amigo lector: Aún cuando en ocasiones no podamos entender ciertas situaciones de dolor y sufrimiento, siempre tendremos la opción de levantar nuestros ojos al cielo para implorar ayuda y oportuno socorro de parte del Señor.
Hoy los invito a abrir nuestro corazón a estas grandes verdades: Siempre ha habido y habrá sufrimiento en el mundo, pero el sufrimiento no es un tópico para especulación, sino una oportunidad para demostrar compasión e involucrarnos. La mente crece al tomar, pero el corazón crece al dar.
Estemos dispuestos a obedecer la verdad de las Escrituras e ir hacia donde nos lleve, para encontrar alivio y esperanza, paz y consuelo que podamos compartir con otros en el nombre de aquel quien un día dijo: “Mi paz os dejo, mi paz os doy”.
Les mando un abrazo consolador en Cristo…

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