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Columnista - 21 febrero, 2010

“Envejecido en la mala vida, ahora llevarás merecido los pecados que has cometido hasta aquí…”

Por: Luis Rafael Nieto Pardo En la profecía de Daniel – Sagrada Biblia, el Señor tiene dicho: “no harás morir al inocente ni al justo”. A pesar de mi ya larga trayectoria y experiencia, equivocadamente convencido de que ya había superado mi capacidad de asombro, me quedé helado y con el corazón ‘arrugao’ cuando en […]

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Por: Luis Rafael Nieto Pardo

En la profecía de Daniel – Sagrada Biblia, el Señor tiene dicho: “no harás morir al inocente ni al justo”.
A pesar de mi ya larga trayectoria y experiencia, equivocadamente convencido de que ya había superado mi capacidad de asombro, me quedé helado y con el corazón ‘arrugao’ cuando en estos días leí la nefasta noticia acompañada de una aterradora fotografía (no debió publicarse por respeto a la dignidad), pero así lo registró un magazín amarillista de diaria circulación; y allí se lee y se ve la imagen acerca de la muerte violenta de un muchacho de apenas 16 años, con facciones de querubín, pero que, según la publicación, a tan corta edad ya era un reconocido traficante y consumidor de droga a baja escala, y de igual manera, tenía un registro de su participación  en más de diez asaltos a mano armada.  Inclusive, agrega la nota que su trágico deceso y su posterior hallazgo en un potrero a merced de los ‘chulos’, obedeció, al parecer, a una discusión por venta de alucinógenos, peor aún, que quien lo ultimó fue otro menor, y que además ya era comúnmente conocido en el bajo mundo con el remoquete de ‘Cocoy’.
Y aún nos falta agregar que su victimario fue ‘Pellito’, y que siempre andaban juntos por todos lados.  El jueves pasado se entregó él y confesó.
No terminaba de tomar aliento al final de la lectura, cuando escuché por radio otra aterradora noticia acerca de la muerte violenta de un menor de apenas once años.  Por Dios, ¿qué está pasando?, ¿dónde están las autoridades?, ¿dónde los encargados de la protección social y de los menores?

Hace pocos días fui testigo de la inconformidad de un vecino en el sector del centro de la ciudad, cuando a tempranas horas hacía desalojar de su terraza a varios menores que allí pernoctaban acurrucados sobre cartones y periódicos, en visible estado de somnolencia y precaria vestimenta, que una vez desalojados de aquella terraza, como sonámbulos que a fuerza de la costumbre ya conocen el camino, recogieron sus improvisadas camas y atravesaron la calle para instalarse en la terraza del frente, a continuar su “descanso”, a esperar que el otro vecino se percatara y los obligara a desocupar el espacio de su propiedad.
La semana pasada, en un intento de fuga en el Cromi, murió un menor de 16 años, y en los últimos tres meses, siete menores infractores, al mejor estilo de avezados delincuentes, se han fugado del Centro de Resocialización El Oasis de Barranquilla.
Ya antes me había referido al tema, pero como hace unos nueve años, orgullosamente, pertenezco a la familia defensora social y nuestro lema y compromiso es el rescate del respeto a los Derechos Humanos para vivir en paz, y en especial la vida y la dignidad humanas, teniendo que insistir en que no basta con que se promulguen nuevas y duras leyes como la 1098 (Ley de Infancia y Adolescencia), ni que se construyan nuevas y más seguras cárceles y sitios de reclusión para menores.  No señores, el compromiso es de todos los ciudadanos, porque no cabe duda alguna que la mejor escuela es el hogar, y tal parece que nada estamos haciendo por evitar que la gran mayoría de nuestros menores y jóvenes, a tan temprana edad inicien el camino sin retorno a la perdición y al abismo, y nadie haga un mayor esfuerzo por detenerlos y procurar que tomen la senda del bien para pensar en que sí hay futuro.
Resulta impresionante el espectáculo que nos toca a los habituales visitantes del Palacio de Justicia ver todos los días: muchachos entre los 16 y los 19 años que son conducidos a las salas de audiencias, o bien de la Jurisdicción de Menores, o a las del Sistema Penal Acusatorio, acusados de felonía (hurtos), porte, tráfico y consumo de estupefacientes, e incluso, ya no resulta extraño que lleguen acusados e involucrados en delitos contra la vida y la integridad personal.
Lo peor de todo, es que en la mayoría de los casos iniciaron sus carreras criminales a los ocho, nueve y diez años, robando a sus compañeros de clase en la escuela.  Han entrado y salido del Cromi media docena de veces.  Siempre que he podido y me han permitido averiguar y persuadirlos de conferenciar acerca de su situación, el común denominador es que tales tendencias delictuosas “están nutridas de la mala crianza familiar”, han pasado mucho tiempo lejos del hogar, con amigos ocasionales que se encuentran; más de una vez han pasado la noche con homosexuales o prostitutas. En veces no tenían tendencias sexuales anormales en lo absoluto, pero se han sometido pasivamente a estos actores para obtener albergue por una noche, o por unos pesos.  No han sentido ninguna repulsión por estos actos.  Para ellos sólo es una manera de conseguir dinero para satisfacer sus “gustos”.  A pesar de todo, y de nuestros esfuerzos, la mayoría de las veces no podemos descubrir circunstancias que mitiguen la culpabilidad de estos adolescentes.  Por intermedio de nuestro investigador podríamos averiguar con todos aquellos que han estado en contacto con el menor o el adolescente: sus hermanos, sus profesores, el director de la escuela, el policía del barrio, el psicólogo, el psiquiatra, el inspector de policía, el cura de la parroquia… en fin, entienden ahora cuál es la urgencia de que nos provean siquiera de un investigador; por favor, hay que hacer algo y es urgente.

[email protected]

Columnista
21 febrero, 2010

“Envejecido en la mala vida, ahora llevarás merecido los pecados que has cometido hasta aquí…”

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Luis Rafael Nieto Pardo

Por: Luis Rafael Nieto Pardo En la profecía de Daniel – Sagrada Biblia, el Señor tiene dicho: “no harás morir al inocente ni al justo”. A pesar de mi ya larga trayectoria y experiencia, equivocadamente convencido de que ya había superado mi capacidad de asombro, me quedé helado y con el corazón ‘arrugao’ cuando en […]


Por: Luis Rafael Nieto Pardo

En la profecía de Daniel – Sagrada Biblia, el Señor tiene dicho: “no harás morir al inocente ni al justo”.
A pesar de mi ya larga trayectoria y experiencia, equivocadamente convencido de que ya había superado mi capacidad de asombro, me quedé helado y con el corazón ‘arrugao’ cuando en estos días leí la nefasta noticia acompañada de una aterradora fotografía (no debió publicarse por respeto a la dignidad), pero así lo registró un magazín amarillista de diaria circulación; y allí se lee y se ve la imagen acerca de la muerte violenta de un muchacho de apenas 16 años, con facciones de querubín, pero que, según la publicación, a tan corta edad ya era un reconocido traficante y consumidor de droga a baja escala, y de igual manera, tenía un registro de su participación  en más de diez asaltos a mano armada.  Inclusive, agrega la nota que su trágico deceso y su posterior hallazgo en un potrero a merced de los ‘chulos’, obedeció, al parecer, a una discusión por venta de alucinógenos, peor aún, que quien lo ultimó fue otro menor, y que además ya era comúnmente conocido en el bajo mundo con el remoquete de ‘Cocoy’.
Y aún nos falta agregar que su victimario fue ‘Pellito’, y que siempre andaban juntos por todos lados.  El jueves pasado se entregó él y confesó.
No terminaba de tomar aliento al final de la lectura, cuando escuché por radio otra aterradora noticia acerca de la muerte violenta de un menor de apenas once años.  Por Dios, ¿qué está pasando?, ¿dónde están las autoridades?, ¿dónde los encargados de la protección social y de los menores?

Hace pocos días fui testigo de la inconformidad de un vecino en el sector del centro de la ciudad, cuando a tempranas horas hacía desalojar de su terraza a varios menores que allí pernoctaban acurrucados sobre cartones y periódicos, en visible estado de somnolencia y precaria vestimenta, que una vez desalojados de aquella terraza, como sonámbulos que a fuerza de la costumbre ya conocen el camino, recogieron sus improvisadas camas y atravesaron la calle para instalarse en la terraza del frente, a continuar su “descanso”, a esperar que el otro vecino se percatara y los obligara a desocupar el espacio de su propiedad.
La semana pasada, en un intento de fuga en el Cromi, murió un menor de 16 años, y en los últimos tres meses, siete menores infractores, al mejor estilo de avezados delincuentes, se han fugado del Centro de Resocialización El Oasis de Barranquilla.
Ya antes me había referido al tema, pero como hace unos nueve años, orgullosamente, pertenezco a la familia defensora social y nuestro lema y compromiso es el rescate del respeto a los Derechos Humanos para vivir en paz, y en especial la vida y la dignidad humanas, teniendo que insistir en que no basta con que se promulguen nuevas y duras leyes como la 1098 (Ley de Infancia y Adolescencia), ni que se construyan nuevas y más seguras cárceles y sitios de reclusión para menores.  No señores, el compromiso es de todos los ciudadanos, porque no cabe duda alguna que la mejor escuela es el hogar, y tal parece que nada estamos haciendo por evitar que la gran mayoría de nuestros menores y jóvenes, a tan temprana edad inicien el camino sin retorno a la perdición y al abismo, y nadie haga un mayor esfuerzo por detenerlos y procurar que tomen la senda del bien para pensar en que sí hay futuro.
Resulta impresionante el espectáculo que nos toca a los habituales visitantes del Palacio de Justicia ver todos los días: muchachos entre los 16 y los 19 años que son conducidos a las salas de audiencias, o bien de la Jurisdicción de Menores, o a las del Sistema Penal Acusatorio, acusados de felonía (hurtos), porte, tráfico y consumo de estupefacientes, e incluso, ya no resulta extraño que lleguen acusados e involucrados en delitos contra la vida y la integridad personal.
Lo peor de todo, es que en la mayoría de los casos iniciaron sus carreras criminales a los ocho, nueve y diez años, robando a sus compañeros de clase en la escuela.  Han entrado y salido del Cromi media docena de veces.  Siempre que he podido y me han permitido averiguar y persuadirlos de conferenciar acerca de su situación, el común denominador es que tales tendencias delictuosas “están nutridas de la mala crianza familiar”, han pasado mucho tiempo lejos del hogar, con amigos ocasionales que se encuentran; más de una vez han pasado la noche con homosexuales o prostitutas. En veces no tenían tendencias sexuales anormales en lo absoluto, pero se han sometido pasivamente a estos actores para obtener albergue por una noche, o por unos pesos.  No han sentido ninguna repulsión por estos actos.  Para ellos sólo es una manera de conseguir dinero para satisfacer sus “gustos”.  A pesar de todo, y de nuestros esfuerzos, la mayoría de las veces no podemos descubrir circunstancias que mitiguen la culpabilidad de estos adolescentes.  Por intermedio de nuestro investigador podríamos averiguar con todos aquellos que han estado en contacto con el menor o el adolescente: sus hermanos, sus profesores, el director de la escuela, el policía del barrio, el psicólogo, el psiquiatra, el inspector de policía, el cura de la parroquia… en fin, entienden ahora cuál es la urgencia de que nos provean siquiera de un investigador; por favor, hay que hacer algo y es urgente.

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