Tenemos miedo, señor alcalde

No hay espera más sublime que la de una mujer embarazada. Solo las madres sabemos de eso y si nos preguntan qué se siente, no sabemos responder con exactitud porque es una profunda sinfonía de esperanzas que nacen de nuestro ser interior. Una madre, que vivía esa dulce espera, ha sido asesinada y el fruto de sus entrañas también. Su nombre era Yisney Flórez Pedraza y tenía veinticinco años de edad y era periodista.

Valledupar, la ciudad de cantos, leyendas y gente buena, ha quedado en el pasado; ahora es una cárcel en el sentido de que hay que vivir encerrados, sin poder hacer uso de la agradable costumbre caribe de sentarse a la puerta de las casas para recibir la brisa refrescante y conversar con familiares y amigos. Las casas han tenido que encerrarse con vallas de hierro y los que no tienen para eso, se trancan de día y de noche. Una cárcel rondada por rufianes, por ladrones, por asesinos.

Cuando se sale a la calle hay que ir solo con “lo puesto”, como se dice aquí. Las carteras de las señoras están en hibernación, es un desafío sacarlas a la calle, es como darle carne a los buitres. No son exageraciones cuando se describe lo que se está viviendo.

Señor alcalde, tenemos miedo hasta dentro de nuestras viviendas, miedo del señor que trae un pedido a domicilio, del plomero que viene a hacer una arreglo, de los mototaxistas, de los taxistas, del que pasa más de dos veces por nuestra puerta, miedo de todo los desconocidos, y no es una paranoia colectiva, hay motivos para temer y si nos ponemos a enumerarlos no nos alcanza el espacio.

Señor alcalde, en usted pusimos nuestra confianza, usted es el conductor, el defensor, el jefe, de una ciudad que democráticamente lo ungió como tal; no pretendemos que haga milagros, pero que sí se sienta su voz, bien alta, contra este estado de cosas que nos tiene amedrentados.
Pida ayuda, señor alcalde, así lo hizo una vez un par suyo de Barranquilla, pidió con energía y al día siguiente estaban los altos mandos del ejército y la policía en la ciudad, y se mermó ostensiblemente la inseguridad. En Valledupar los policías se han dedicado a decomisar motos, una buena medida para saber qué malandrines andan en ellas, pero hay otros sectores que necesitan vigilancia, protección, pero a veces ni el mismo policía es de fiar.

Se sabe que a Valledupar ha llegado mucha gente de otras partes, gente con hambre, sin trabajos, pero también bandidos que siembran el desasosiego, el miedo en la ciudad. ¿Qué controles hay para los que llegan? Se pueden hacer, en la terminal de buses, en los famosos carritos, ¿es muy difícil para la policía constatar con las cédulas de los que vienen, quiénes son, cuántos vagos llegan? Quizás muchos de ellos son ágiles robadores de celulares, son expertos en merodear por los cajeros automáticos para despojar de su dinero al que ha hecho un retiro; en fin, el lumpen, señor alcalde, le está quitando su puesto; está reinando en su terreno y usted tiene toda la autoridad para derrotarlo.

Y, ¿sabe qué? Si usted se lo propone y manifiesta, a voz en cuello, que quiere traernos un poco de seguridad, la ciudadanía, esos mismos que lo elegimos, lo rodearemos, que no es otra cosa que apoyarlo.

El miedo es grande, señor alcalde, y en usted como jefe de la policía y guardián de la heredad, confiamos.

Por Mary Daza Orozco