La construcción de paz en las diferencias

De la breve entrevista que Santiago Díaz Benavides hizo a Antonio Caballero (El Espectador, 28 de diciembre), destaco la opinión sobre lo que Caballero considera ha sido “la destrucción de los acuerdos de paz”, la obra más importante en el gobierno de Juan Manuel Santos. “Lo único bueno que había sucedido en el país a lo largo de 30 años, lo están despedazando sin ningún sentido”.

El frágil argumento (fortalecido en las emocionales redes sociales) de la imperfección de esa paz concebida en La Habana se cae de su propio peso. Piénsese no más en lo que sucede en la familia como célula social. ¿Qué es una familia? –marido y mujer son dos diferencias que se juntan, y durante el tiempo que dura es una brega por mantener la convivencia–; y respecto a los hijos, está la metáfora de la “oveja negra” para significar la diversidad de caracteres que conforman el colectivo filial. En efecto, no es raro que en una misma familia de 12 hijos haya un sacerdote (o pastor), un homosexual, un artista, un aventurero… Y aun con esa desemejanza es posible salvar el núcleo familiar.

¿Qué decir entonces de una familia de 48 millones de habitantes? Que nunca habrá una paz perfecta, porque no es la construcción de un gobierno, sino una tarea colectiva: todos estamos llamados a ser hacedores de paz. Aprovechar la relativa tranquilidad lograda con el desarme de las Farc y empezar, cada uno con lo que puede hacer desde su oficio.

Y en lo que tiene que ver con el Gobierno, ¿cómo no reconocer positiva la reparación de las víctimas, la restitución de tierras, una comisión para la verdad y la reconciliación y, sobre todo, las sagradas vidas que han salvado entre soldados y guerrilleros rasos? Bien dice Caballero que si no se cambia la manera de pensar, el destino de la patria es regresar a una violencia quizá peor.