¡Voy cien al chino! –grita un hombre de sombrero y carriel terciado, instalado en la banca más alta de la gradería del coliseo gallístico Miguel Yaneth, en Valledupar.
¡Voy al camagüey! ¡Van los cien! –riposta otro desde la baranda inferior. Es Wilman Oñate, un joven de 22 años que heredó de su padre no solo la pasión por los gallos, sino la idea de que en este mundo lo que sostiene a un hombre es la “palabra de gallero”. Por eso, a pesar de su juventud, ya es consciente del honor que defiende ante aquel desconocido.
Los jueces, uno con cada gallo en las manos, los acercan lentamente. Los animales se tantean, se pican y se reconocen. Es el preámbulo ritual antes de pasar al paño verde donde, casi siempre, uno saldrá muerto y el otro vivo, pero herido de regreso al corral.









