En el último Festival Vallenato, durante el desfile de piloneras, César Augusto Palmezano reconoció varias boquillas rojas, inconfundibles, que brillaban en los saxofones. No hizo falta que nadie se presentara; sabía que esas piezas habían salido de su taller. “Hay que empezar desde uno, porque uno es más que cero”, comentó mientras veía esos destellos de color colarse en medio del repertorio.
Esa frase resume la dimensión silenciosa de su trabajo. Cada pieza que fabrica —una boquilla, un barril, una campana, un clarinete completo— es una forma de resistencia: la de quien apostó por un oficio que prácticamente no existía en su entorno y lo fue inventando a punta de ensayo y error, entre encargos pequeños, reparaciones urgentes y noches de experimentación.
Porque en San Diego, Cesar, donde la cultura es raizal, Palmezano construye instrumentos como si trabajara para una gran metrópoli musical. Desde ese pueblo, su nombre circula entre músicos de Estados Unidos y Europa que buscan algo muy preciso: instrumentos de viento hechos a mano, con alma caribe y precisión de laboratorio.






