La sensación que se tiene al pretender definir el carácter del ‘poeta de la añoranza’, y percibir la fuerza sosegada de un corazón henchido de rimas y soledades, es que la magia de su romanticismo, su absorta y noble catadura y su construcción semántica en sí misma, son absolutamente inabordables.
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El cometido entonces es buscar los vocablos más oportunos y sutiles del lenguaje castellano, intentando saciar apenas la furia de sus dimensiones y medir con lírica justicia esa infatigable sapiencia que en cada verso oculta el bardo. Pero es imposible, advierto luego, porque cada sonrisa, cada ademán ligero y nervioso y cada impulso de su alma herida condena el verbo y se anticipa sobremanera al pulso vacilante y torpe que ahora escribe.









