Muchos años han pasado desde aquel lejano 1961, cuando por vez primera vino Aníbal Velásquez a Valledupar, invitado por su amigo Nelson Gnecco Cerchar, uno de los buenos parranderos de la época, quien festejaba su cumpleaños con el acordeonero que en esos momentos mandaba la parada en el gusto popular del Caribe colombiano. Sus discos se vendían como pan caliente, con los ritmos nuevos que él imponía con su acordeón altanero, genial y de infinitos acordes.
Su gran admiración por la espléndida y cubanísima Sonora Matancera, con sus guacharacas y boleros, le mostraban a Aníbal un riquísimo espectro sonoro que le dio cuerda para crear la guaracha en acordeón, fructificando así las inquietudes rítmicas que compartió con el fecundo Carlos Román cuando juntos militaron en el afamado grupo Los Vallenatos del Magdalena, a comienzos de los pasados años cincuenta.
Un poco más adelante tomó el danzón, insignia nacional cubana, y lo desarmó, cambiándole el ritmo por uno más movido que un cencerro ayudó a definir en complicidad con la guacharaca y la percusión, e incorporándole letra, puesto que el tradicional danzón cubano es instrumental, y produjo así el danzón al estilo Velásquez, tan colombiano como la cumbia y el mapalé.










