EL VALLENATO

El día que vino Aníbal Velásquez

Su gran admiración por la espléndida y cubanísima Sonora Matancera, con sus guacharacas y boleros, le mostraban a Aníbal un riquísimo espectro sonoro que le dio cuerda para crear la guaracha en acordeón.

El día que vino Aníbal Velásquez

El día que vino Aníbal Velásquez

canal de WhatsApp

Muchos años han pasado desde aquel lejano 1961, cuando por vez primera vino Aníbal Velásquez a Valledupar, invitado por su amigo Nelson Gnecco Cerchar, uno de los buenos parranderos de la época, quien festejaba su cumpleaños con el acordeonero que en esos momentos mandaba la parada en el gusto popular del Caribe colombiano. Sus discos se vendían como pan caliente, con los ritmos nuevos que él imponía con su acordeón altanero, genial y de infinitos acordes.

Su gran admiración por la espléndida y cubanísima Sonora Matancera, con sus guacharacas y boleros, le mostraban a Aníbal un riquísimo espectro sonoro que le dio cuerda para crear la guaracha en acordeón, fructificando así las inquietudes rítmicas que compartió con el fecundo Carlos Román cuando juntos militaron en el afamado grupo Los Vallenatos del Magdalena, a comienzos de los pasados años cincuenta.

Un poco más adelante tomó el danzón, insignia nacional cubana, y lo desarmó, cambiándole el ritmo por uno más movido que un cencerro ayudó a definir en complicidad con la guacharaca y la percusión, e incorporándole letra, puesto que el tradicional danzón cubano es instrumental, y produjo así el danzón al estilo Velásquez, tan colombiano como la cumbia y el mapalé.

Su hermano menor, José, no se quedó quieto y, fusionando el paseo vallenato con el bolero, nos obsequió el pasebol, un ritmo de suave cadencia y románticos matices que ha tenido en Alfredo Gutiérrez su más brillante intérprete y en Rubén Darío Salcedo su principal publicista.

Durante su permanencia en Valledupar tuvo un feliz encuentro en el café La Bolsa con el maestro Rafael Escalona, su admirador, quien siempre afirmó que la versión preferida de su paseo ‘La casa en el aire’ fue la realizada por Los Vallenatos del Magdalena en 1953, con el acordeón de Aníbal y la voz de Robertico Román. Después de unos afables tragos de Caballo Blanco, el whisky de la época, el maestro Rafa se lo llevó para el cabaret Villa Luz, donde lo relacionó con doña Luz María Montoya, la propietaria, quien le ofreció un buen contrato de trabajo para amenizar con su grupo las veladas del afamado centro nocturno, donde, a raíz de la naciente bonanza algodonera, desfilaban copiosamente los personajes que la protagonizaban: agricultores, agrónomos, pilotos de fumigación, vendedores de agroquímicos, gerentes de bancos, tahúres y aventureros, y esculturales féminas importadas de Cali, Pereira y Bucaramanga, que ponían el sabor y la pimienta a las lujuriosas noches del cabaret.

Prácticamente dos años estuvo Aníbal en Valledupar a raíz de su relación sentimental con doña Luz, truncada por la aparición de un empresario venezolano que, con una jugosa oferta, se lo llevó para Caracas, donde hizo una verdadera época: casi doce años en toda la tierra del petróleo. Viajó solo y el grupo quedó aquí en Valledupar cumpliendo los compromisos con el cabaret. En este militaban su hermano menor José en la caja; en la guacharaca, Jaime López, el personaje de la Cachucha Bacana de Alejandro Durán; Orlando Flórez, ‘Timbita’, en la tumbadora; Epifanio Barrios, el del cencerro; el negrito Gómez en la batería, y con el acordeón Aniceto Molina, su aventajado alumno que fotocopiaba todas las guarachas de Aníbal.

Un poco más adelante esta tropilla musical fue a reunirse con él en Caracas y Aniceto se quedó un par de años en el Valle, chequeándole la jugada a Colacho Mendoza y a Luis Enrique Martínez, llegando a ser figura central en festejos y parrandas en toda la comarca vallenata.

Con un dominio absoluto del acordeón y con su oído privilegiado, Aníbal sigue siendo un artista sensacional en constante ebullición musical, que ha producido cualquier cantidad de ritmos de factura caribeña, la mayoría sin premeditación alguna, surgidos a veces de forma inesperada en estudios de grabación, donde el tamborileo de los cueros, con retretas de guacharaca y las bromas sonoras del acordeón, bajo el influjo de una chispa genial y creadora, le da vida a un ritmo nuevo que, con diferentes patrones y acentuaciones muy particulares, le da identidad a una alegre criatura que enriquece la música popular colombiana. Ritmos como el sucusún, el cundé, el tumbao, el tikita y muchos más han surgido de esta forma.

Mucho más de medio siglo después de aquella histórica venida de Aníbal Velásquez a Valledupar, nuevamente se encuentra aquí, en el solar vallenato, recibiendo el justo y merecido reconocimiento por parte de la Universidad Popular del Cesar y el grupo de investigación ‘La piedra en el zapato’, a su colosal obra musical, saboreada y celebrada por millones de colombianos que, desde ‘Faltan cinco pa’ las doce’ hasta el ‘Veinticuatro de diciembre’, siguen brindando, bailando y llorando de alegría con sus vibrantes melodías y frenéticos ritmos, que lo muestran como el Mago del Acordeón, el sensacional y uno de los más sólidos pilares que sostienen el edificio de nuestra música vernácula.

Recientemente, invitado por la Gobernación del Cesar, estuvo Aníbal Velásquez en Valledupar, ciudad que derrocha cariño y admiración cada vez que tenemos la alegría de ver en nuestro suelo al Mago del Acordeón.

Temas tratados
  • Aníbal Velásquez

TE PUEDE INTERESAR