El día en que Iván Villazón decidió pintar en forma de canto una golondrina, ese mismo día se juntaron todos los dioses para darle su bendición. Los mismos que avalaron su trova, cuando en las frías madrugadas bogotanas se lanzaba al estrellato, dando a conocer su bella voz, entre parranda y parranda, dejando atrás una carrera en la cual su padre, Crispín Villazón, tenía centrada todas las esperanzas de la continuidad de una vida al servicio de la comunidad.
FUE UN SILBIDO
Lo cierto es que el joven Iván, escuchó un día el silbido de Rafael Escalona, amigo querido de su papá, entonando una linda canción y se le metió entre ceja y ceja, que esa tonada tenía que grabarla, y que además ese iba a ser su gran éxito. Igual sabía que el camino no era fácil, porque ‘Rafa’ no le entregaba sus cantos a cualquiera y menos a un muchacho que apenas despuntaba en el oficio. Sin embargo el muy avispado, sabía que tenía todo a su favor para lograrlo.
ESTABA PREDESTINADO
Es que el destino todo lo entrelaza en una madeja que va tejiendo punto por punto, hasta construir mantas de vivencias que luego cubren toda una vida, ¡ay toda una vida!. Y a eso le apostó el muchacho, decidido dar la primera puntada con su madre, ‘Clarita’ Aponte.










