La Creciente Colectivo Feminista
Hoy es la marcha. Llevo toda la semana congelando bolsitas de agua para que podamos tomar agua fría mientras caminamos, saltamos y gritamos para defender nuestros derechos. Parece que nos excedimos en la cantidad, pero es que el calor a veces nos hace exagerar.
Se marcha el 14 y no el 8, porque la Registraduría decidió hacer elecciones en nuestro día. Como si la fecha fuera capricho. Como si fuera algo decorativo. Como si nuestra lucha no mereciera reconocimiento. Como si fuera algo que hay que borrar.
Pero aquí estamos. No vamos a parar. No vamos a retroceder. Las mujeres acudimos al llamado y nos encontramos en el parque del Primero de Mayo. Niños y niñas, jóvenes, viejas, madres, amas de casa, empleadas, emprendedoras, lesbianas, trans, hombres. Esta vez acudió la familia de Liliana Ascanio, víctima de feminicidio el pasado 31 de enero. “Marchamos por ti, Lili”, se leía en los carteles.
En medio del sopor de las cuatro de la tarde, comenzamos a abrirnos paso, con música y arengas. Con una guardia feminista que se encarga de cuidarnos mientras marchamos, un equipo de Derechos Humanos y también con acompañamiento de la Patrulla Púrpura y la Defensoría del Pueblo.
A pesar de contar con un gran equipo de cuidadores, en cada intersección nos echan motos y camionetas encima. Nos mandan a lavar platos, algo que hacen desde hace más de cincuenta años sin que se les haya ocurrido una ofensa mayor. Un hombre envalentonado en su moto nos dice que nos quejemos en la Gobernación, como si el problema no fuera con él. Nos dicen que tienen afán, que nos quitemos, sin el menor intento de entender por qué estamos ahí. Sin intentar entender que hoy el dolor por haber perdido a una hija, a una madre, a una hermana es el que se mueve en las calles.
Entre más nos pitan, más nos demoramos. Porque sí, lo que queremos es que, por una vez en el año, se incomoden. Así como a nosotras nos incomodan los otros 364 días con el acoso callejero, con las miradas que nos hacen objeto, con las palabras asquerosas que son capaces de decirnos sin sentir una gota de vergüenza.
Los niños de la familia Ascanio se van quedando agotados. Con sus carteles se van acomodando en el carro que nos acompaña con el sonido. La madre de Liliana no deja de llorar. “Liliana no murió, a Liliana la mataron” gritamos. “Justicia, justicia, justicia” aclamamos. No solo por Liliana sino por todas las víctimas de feminicidio en el Cesar.
Estamos a pocos metros del Parque de la Vida, en la intersección de la Simón Bolívar con la 14. Tomadas de las manos para evitar que las motos y los carros pasen por la mitad de la marcha. Sentimos la sirena de una ambulancia. La vemos. Hay un mar de carros que le impiden pasar. Hay que garantizar el paso de la ambulancia sin poner en peligro a los y las marchantes. La guardia feminista y la Policía se organizan para permitir un desvío a los carros que desesperados nos pitan. Si hubieran leído los periódicos, sabrían que hoy marchábamos por ahí; habrían podido planear su ruta. Pero como no les interesa lo que sucede con nosotras, no se enteraron.
Finalmente pasa la ambulancia. Permanecemos ocupando la intersección. Seguimos manifestándonos y luego avanzamos. Unos metros más y estamos en el Parque de la Vida, el final de nuestro recorrido. Quienes van en el carro leen el manifiesto y luego le ceden el micrófono a la prima de Liliana, que nos agradece por haberlos acompañado. Pienso que nosotras también agradecemos la valentía y la fortaleza de estar ahí a pesar del desgarrador dolor.
Se nos acerca su mamá, con los ojos empapados de lágrimas. Nos saluda y nos agradece. Una por una la abrazamos. Nuestros ojos también se humedecen. Lo único que podemos decirle para consolarla es que estamos aquí para ella, que la rodeamos, que seguiremos exigiendo justicia. No será suficiente para llenar el vacío. Nada puede devolverle a su hija. Y el feminicida sigue libre.
El otro año volveremos a las calles. Tal vez no todas. Tal vez nos faltará otra compañera. Porque en este país marchar se ha vuelto una forma de duelo colectivo, y también una forma de exigir que la violencia contra las mujeres deje de ser tratada como un hecho aislado y empiece a asumirse como un problema político y social.
Saldremos a gritar nuevos nombres. Consolaremos a otras madres. Hasta que dejen de matarnos, de violarnos, de maltratarnos. Hasta que podamos ser libres. Hasta que se reconozca que somos las mujeres las que sostenemos la vida, y que sin nosotras no hay economía, no hay mercado, no hay nada. Hasta que podamos decir “Feliz día de la mujer”’ porque finalmente logramos estar felices.
POR: Mariana Orozco Blanco






