Por VIVIAN SEQUERA
BOGOTA (AP) — La ciudad portuaria de Tumaco, en el Pacífico colombiano, quedó a oscuras más de una semana a principios de agosto, luego de que las guerrillas destruyeron tres torres eléctricas en esta zona remota.
Las minas terrestres hicieron más daño todavía, demorando las tareas de restauración y matando al menos a cinco personas, incluidos dos trabajadores que intentaban reparar las torres, según las autoridades locales.
Los ataques dinamiteros a oleoductos, trenes que transportan carbón y derrumbe de torres de energía están de vuelta en Colombia.
Esos atentados, que en la década de 1990 e inicios de los años 2000 eran cosa casi diaria, son atribuidos por las autoridades a la primera fuerza insurgente del país, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de las FARC, y al más pequeño Ejército de Liberación Nacional ELN, que en su guerra de casi 50 años contra el Estado han tenido ambos en distintos momentos a la industria energética como objetivo militar porque consideran a las empresas extranjeras como un enemigo que explota la riqueza colombiana o porque presiona por pagos extorsivos como forma de financiamiento.
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