Todo sucedió en la casa ubicada en la calle 2 N.º 2-03 del barrio Rincón Guapo, del pueblo de El Paso, en aquel entonces departamento del Magdalena, donde el domingo 9 de febrero de 1919, nació Gilberto Alejandro Durán Díaz, quien desde muy niño supo de los acordeones, pero los comenzó a ejecutar a los 19 años y al poco tiempo compuso la canción en aire de merengue, ‘Las cocas’, dedicada a las mujeres que se encargaban de preparar los alimentos en las fincas.
Alejandro, a quien nadie llamó como Gilberto, su primer nombre, le cogió el gusto al acordeón y se olvidó de las labores del campo en la hacienda Santa Bárbara de las Cabezas, surgiendo más y más canciones donde contaba cómo el amor le floreció en su corazón. Entonces, por las vueltas del sentimiento, se casó en 1954 con Joselina Salas Buelvas, con quien tuvo dos hijas. Se separó a los tres años.
El amor continuó dando saltos en su vida por distintos lugares de la geografía costeña hasta llegar a parar definitivamente en Planeta Rica, Córdoba, con Gloria María Dussán Torres, a quien llamaba ‘Goya’. Fueron 14 años de idilio hasta que él partió de la vida en Montería, el 15 de noviembre de 1989. Ella entregó palabras sinceras para Alejo Durán: “Tuvimos cinco hijos: Néstor, Jorge Luis, Wilson, Donaldo y Dairo. Él era hogareño, responsable y amoroso con todos nosotros. Yo no era celosa porque estaba segura de lo que tenía. Alejo no me compuso ninguna canción, pero me hizo sentir el amor, y ese fue el mayor regalo de cada día”.
Primer Rey Vallenato
En el año 1968 se llevó a cabo el primer Festival de la Leyenda Vallenata y Alejo Durán se animó a concursar, pero al llegar a Bosconia, Cesar, una hora y media antes de Valledupar, quiso tomarse un plato de sopa. La señora que lo atendió, sin conocerlo, le preguntó sobre cuál era su destino. Le contó que iba a Valledupar con los deseos de ganarse el Festival Vallenato. Ella no lo dejó terminar, y le aconsejó que se devolviera porque allá iba a ganar era Alejo Durán. Él levantó la vista y le dijo muy convencido: “Vea, señora, con decirle que, a ese Durán, es al que más fácil le voy a ganar”.
Efectivamente, el 29 de abril de 1968, acompañado en la caja por Pastor ‘El Niño’ Arrieta y en la guacharaca por Juan Manuel Tapias, ganó y derrotó a los acordeoneros Ovidio Enrique Granados Melo y Luis Enrique Martínez Argote, quienes ocuparon el segundo y tercer lugar respectivamente. El cuerpo de jurados estuvo integrado por Rafael Escalona, Tobías Enrique Martínez, Gustavo Gutiérrez Cabello, Jaime Gutiérrez de Piñeres y Miguel Facio Lince.
El trofeo como ganador se lo entregó el entonces gobernador del Cesar, Alfonso López Michelsen, recibiendo también el cheque del Banco de Colombia, número 297520, por valor de 5.000 pesos. El trofeo lo guarda Federico Mendoza Díaz, sobrino de Alejo e hijo de Sabina Durán Díaz.
Para corroborar esa gesta musical, Consuelo Araujonoguera señaló en aquella ocasión: “Cuando Alejo Durán se subió a la tarima, al lado del amplio rectángulo de la plaza Alfonso López, fue cuando tuvimos la noción exacta de que el Festival de la Leyenda Vallenata había comenzado, y comenzado bien. Dos noches después, en la gran final, las canciones ’La cachucha bacana’, ‘Elvirita’, ‘Alicia adorada’ y ‘Pedazo de acordeón’, fueron apenas la notificación musical de la apoteosis colectiva que desde entonces lo consagró para siempre en el afecto y devoción de la gente”.
‘La Cacica’, finalizó diciendo: “Alejo Durán y el Festival de la Leyenda Vallenata formaron una simbiosis perfecta, un dúo sentimental, una relación tan profunda y certera que no se puede analizar el uno sin el otro, ni referirse a la persona sin hacer mención obligada del certamen”.
De igual manera, el periodista Juan Gossaín lo pintó en letras: “Nadie cantó como él las crónicas de un vallenato. Su voz era profunda y fresca, casi ronca, de campesino viejo, sin afeites, ni maquillajes. El pueblo sencillamente lo amaba como se aman los elegidos. Estaba sintonizado en línea recta con el alma popular”.
Era ese hombre humilde que, en cada canción, en su mayoría cartas de amor dirigidas con nombre propio, plasmaba su obra musical como los aguaceros de su pueblo, El Paso, que se resisten a escampar porque la fuerza de su voz se perpetuó en el corazón del folclor. Es más, se recuerda en su natalicio con aquella célebre expresión que lo convirtió en leyenda: “Oa, apa, sabroso”.
Alejo amaba tanto el acordeón que fue el único en enseñar a ejecutarlo a través de una canción. “Pa’ sabé tocá acordeón, hay que tener mucho cuidado, una buena ejecución y sabé golpear los bajos. Hombe, para cuando toque un son le salga bien acompasado. Si no, más no es tocar pitos y formar la algarabía, para qué tanto registro, si fluye la melodía. Oye, yo me la paso es tocando, no es para que me den la fama. Yo no toco con la fama, toco es con el alma”.
Grande del vallenato
De igual manera, en el paseo ‘La fortuna’ Alejo Durán lo expresó con toda claridad: “A mí me recordarán en este bonito canto. Esto es de Alejo Durán, un grande del vallenato”. Así ha sido porque el hijo de Náfer Donato Durán Mojica y Juana Francisca Díaz Villarreal dejó un inmenso legado con su pedazo de acordeón al pecho, siendo magdalenense de nacimiento, cesarense por decreto y cordobés por adopción.
Son 107 años de historia del primer Rey Vallenato, quien con su acordeón y su sombrero vueltiao dejó un legado que no será olvidado, porque convirtió su cotidianidad en cantos eternos donde encontraba hasta las esperanzas perdidas. A ‘El negro grande’, cada año en su pueblo, se le exalta en el Festival Pedazo de Acordeón.










