EDITORIAL

Sin espacio para el triunfalismo

Los colombianos no salen aún del asombro que les produjo la llamada Operación Sodoma, planeada para capturar o dar de baja a Víctor Julio Suárez Rojas, más conocido con el nombre de Jorge Briceño Suárez, o alias de “El Mono Jojoy”, quizás el hombre más fuerte de las FARC en los actuales momentos. Y es […]

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Los colombianos no salen aún del asombro que les produjo la llamada Operación Sodoma, planeada para capturar o dar de baja a Víctor Julio Suárez Rojas, más conocido con el nombre de Jorge Briceño Suárez, o alias de “El Mono Jojoy”, quizás el hombre más fuerte de las FARC en los actuales momentos.
Y es que cada vez que se conoce más información sobre la forma en que vivía este sujeto hay más elementos para asombrarse: dormía en verdaderas fortificaciones bajo tierra, lo que hace suponer que los otros comandantes de la guerrilla pueden vivir en circunstancias similares; tenía una extensa guardia personal a su servicio y contaba con una gran cantidad de computadores, memorias y discos duros, entre otros elementos, cuya información debe servir para realizar una labor de inteligencia que facilite darle más golpes militares y políticos a esta agrupación subversiva.
Otros detalles que han mostrado los informes y las crónicas de los noticieros de televisión ratifican que en la cúpula de la guerrilla todavía se maneja mucha plata y muchos de estos señores se dan lujos y satisfacen caprichos propios de cualquier burgués y que están lejos, pero bien lejos, de las condiciones en las cuales vive el pueblo que dicen representar.
El perfil de Suárez Rojas, más conocido como Jorge Briceño, dice mucho de las esencia de las FARC: hijo de campesinos humildes, con poco estudio y capacitación, que no tuvo otra experiencia de vida distinta a la de las armas, una visión militarista del conflicto y con pocos elementos para tener una aproximación verídica a la realidad de Colombia y el mundo. ¿Nos preguntamos que noción podría tener el tristemente célebre Mono Jojoy de los cambios que ha experimentado la sociedad colombiana, en los últimos cuarenta o treinta años?
¿Qué idea podría tener este sujeto de economía política, de marxismo o de economía agraria, una persona que a duras penas sabía leer y escribir?  Si el nivel del Mono Jojoy es el mismo de la gran mayoría de los líderes de esa agrupación armada, el país no se puede hacer ilusiones sobre el famoso “principio del fin”, del que hablan algunos, igual a como se habló cuando la muerte de Raúl Reyes.
Sin lugar a dudas, la muerte de Jojoy, y la forma en que esta ocurrió, representa un duro golpe para la tropa de las FARC, por cuanto el Estado colombiano les ha ratificado que está en condiciones de darles duro hasta a sus máximos comandantes, y que no hay espacios vedados para la fuerza pública en el territorio nacional, a pesar de nuestra agresiva geografía y espesa vegetación que, como hemos visto, es un elemento que les favorece.
La operación Sodoma sin duda es un triunfo para el Ejército Nacional y – en general- para todas las fuerzas armadas que participaron en la misma, y a quienes el país les debe, nuevamente, un reconocimiento de gratitud, como bien lo han expresado el Ministro de Defensa, Rodrigo Rivera, y el propio Presidente de la República, Juan Manuel Santos Calderón.
Pero de allí a pensar que las FARC están acabadas hay mucho trecho. El país, tanto el Estado en su conjunto como los colombianos todos, debe seguir preparado para varios escenarios y para un conflicto que, a pesar de estos grandes triunfos parciales, sigue allí y cambia de matices.
Y afirmamos esto porque el dinero del narcotráfico les sigue llegando, y esto es más gasolina para el fuego del conflicto. En segundo término, porque las FARC han sabido replegarse durante estos últimos ocho años y están allí, a pesar de estar disminuidas y debilitadas. La acción de la fuerza pública debe seguir con la misma intensidad, pero con mayor inteligencia, precisión y efectividad. La política de mano dura tiene que continuar. Es previsible una reacción de venganza en las zonas donde tienen mayor influencia, al sur oriente del país, pero también acciones de terrorismo en las principales ciudades.
No obstante lo anterior, no nos debemos olvidar que Colombia en muchas zonas de su extenso territorio requiere presencia del Estado, en su conjunto, y no sólo de las fuerzas militares y de policía. Es necesario que el campesinado pobre, principalmente en las zonas apartadas del país, vea al Estado social, a las instituciones educativas, de salud; al Banco Agrario, al Incoder, al Sena, al ICBF, entre otras, que son las que le dan legitimidad institucional y política. Este componente es el que ha faltado y también estuvo ausente durante los ocho años del gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Sólo con la acción militar combinada con la acción social del Estado, será posible derrotar a la subversión, dentro del marco de la Constitución y la Ley.
La muerte de un guerrillero como “Jojoy” no debe dar margen al triunfalismo y – por el contrario- a pesar del valor de esa acción militar, al igual que la muerte de Raúl Reyes, la Operación Jaque, entre otras, está la opción de brindarle a muchos de los integrantes de las FARC el camino de la reinserción. Esta opción del Estado siempre debe contemplarse, inclusive para sus máximos dirigentes, como Alfonso Cano, en quien – por su origen social y su formación-, es posible tener aún la esperanza de que ese monstruo debilitado de la guerra que hoy son las FARC, pueda entrar en razón y pactar con el Estado una salida a este largo, costoso y triste conflicto.

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