Al igual que muchos, he tenido la certeza de hacerme preguntas sin respuesta aparente: ¿tendré éxito?, ¿podré llegar a ser reconocido?, ¿lograré hacer algo tan valioso que la gente me llame y no tenga yo que buscarlos? Crecer en una familia donde a veces te ven como un loco y no como un soñador, y vivir en un territorio con pocas oportunidades —como los resguardos indígenas de la Sierra Nevada— te obligan a pensar distinto. No es fácil, pero es real.
Se nos ha querido encasillar en un cliché: que los jóvenes solo servimos desde las aulas o como “mano de obra barata”. Que no tenemos experiencia ni la “expertise” para construir algo grande y con propósito. Pero la verdad es que la experiencia también se construye haciendo, y si no nos dejan hacer, ¿cómo esperan que la tengamos?
Hoy en día, muchos jóvenes no tienen empleo, acceso a educación de calidad, servicios básicos o incluso internet. Algunos no saben lo que es tener una nevera llena, y otros han visto apagarse sus sueños porque nunca pudieron entrar a un programa educativo o beneficiario. A veces no solo se trata de necesidades y problemas; a veces es un tema de mentalidad. Necesidades, problemas, ideas con propósito, sueños apagados… y aun así seguimos dando vueltas.











