En un mundo que se proyecta raudamente en las fauces del siglo XXI, donde encontramos en total decadencia a los principios éticos y los valores morales, que se van diluyendo a pasos colosales por estar inmersos en unos escenarios que poco les interesa su prevalencia.
Por un lado, un enquistado régimen capitalista, que lucha desesperadamente por no perder terreno, en medio de una crisis endémica que lo lleva a su inexorable ocaso y, por el otro extremo, un sistema comunista, que no ha podido sostener sus postulados filosóficos, económicos y políticos sin afectar derechos fundamentales e inherentes a la naturaleza humana, que también está llamado necesariamente a sufrir estructurales cambios.
Los anteriores factores son casualmente los representantes de estas doctrinas políticas, personificados en los distintos gobernantes de la órbita universal, los responsables sin lugar a duda, con mayor o menor incidencia, de: las incontrolables emisiones de gases de efecto invernadero generadas por los descontrolados procesos industriales, urbanísticos y de desarrollo en general, como la quema de combustibles fósiles – petróleo, gas y carbón – y la remoción de los bosques, que destruyeron irreparablemente a la capa de ozono y afectaron gravemente al ecosistema, que nos lleva inevitable al cambio climático y a un cada vez más riguroso y destructor calentamiento global; de las violaciones con espantosa fragilidad de los derechos humanos; y de imponer su hegemonía a cualquier precio, dando rienda suelta a un armamentismo desenfrenado.










