El padre se la arrebató hace 33 años
Luego de 33 años, Zulma Caamaño Montecristo volvió a tener entre sus brazos a su hija Vivian Alicia, la misma de la que no supo nada y a la que no vio crecer desde que su esposo, Mario Jaramillo, desapareció llevándose a la pequeña.
“En ese entonces denuncié ante las autoridades lo que mi esposo, de quien tenía dos años de separada, había hecho con nosotros”, dice Zulma quien agrega que no le guarda rencor. “De ese día no recuerdo mucho, sólo que me pidió la niña para llevarla a comprar algo. Nunca desconfíe de él”.
Desde entonces, Zulma, quien residía en el municipio de Codazzi, no descansó en la búsqueda de su hija, que para la época (1977), contaba con seis años. Tampoco perdió la fe y en sus oraciones siempre tenía presente a la mayor de sus dos hijos.
“Doy gracias a Dios por concederme este momento. Nunca perdí la fe”, decía la mujer mientras acariciaba la mano de su hija que ya no es una niña; es una mujer de 39 años con tres hijos.
Madre e hija coinciden en decir que no volverán a separarse. “De ahora en adelante, de mi parte queda darle todo el amor que no pude darle este tiempo, no porque no quisiera, sino por una mala jugada del destino”, dijo Zulma, mientras con la mirada buscaba el consentimiento de su hija, quien no paraba de acariciarle la cabeza a su madre.
Mientras su madre le relataba las historias que se fueron tejiendo en torno a su búsqueda, Vivian, quien escuchaba atenta, atina a decir que de aquella época, recuerda que realizó un largo viaje, que fue parar en el internado de Santa Cecilia en el Valle del Cauca, de donde salió cuando tenía 14 años. A esta altura de la historia, la mujer confiesa que las imágenes que su tierna memoria alcanzó a guardar, se fueron desdibujando hasta el punto que sólo recordaba que algún día tuvo una familia con la que vivió en Codazzi, Cesar. Su familia fue reemplazada por las estrictas normas que debía cumplir en el internado que fue su hogar desde entonces y hasta donde llegaba su padre a visitarla esporádicamente.
“Mi papá, quien no volvió a conformar un hogar, murió de una enfermedad hace más de 17 años. Como siempre, estuvo solo. Así murió, sin compañía”, afirmó Vivian, quien describió a su padre como un hombre de carácter difícil y quien nunca perdió oportunidad para hablarle mal de su madre. Sin embargo, ella sostiene que la santa espiritualidad obtenida en el internado de monjas, no permitió que su corazón se llenara de odio. “Soy devota del Señor de los Milagros y gracias a él vivo este momento”.
Tras muchos intentos fallidos por encontrar a su hija, Zulma acudió a una oficina de detectives que encontró en la Internet. Los resultados llegaron: le entregaron unos datos, entre ellos, un número telefónico al que no se pudo comunicar por físico miedo, por el temor de que no fuera ella la persona a quien buscaba, o peor aún, que de verdad se tratara de su hija y entonces, qué iba a decirle ahora que la había encontrado.
“Le pedí a un primo en Bogotá que por favor la contactara”, dijo la mujer, quien recuerda con exactitud la fecha en la que recibió la primera información certera sobre el paradero de su hija luego de 33 años: “eso fue para el ocho de mayo de este año”.
Y como un regalo del Cielo, el pasado domingo nueve de mayo, cuando muchas familias celebraban el Día de las Madres, Vivian y Zulma tuvieron su primer contacto, que aunque telefónico, las marcó para siempre.
Vivian cuenta que al comienzo sintió desconfianza por las palabras del hombre que la contactó para hablarle de sus seres queridos. Sin embargo, cuando la voz al otro lado del teléfono le dio los nombres completos de su hermano y sus padres, no aguantó, y en medio un remolino de emociones, gritaba, lloraba, reía y suplicaba que por favor no jugaran con sus sentimientos.
Hoy Zulma, sentada debajo de un frondoso árbol frente a su residencia en la cuarta etapa de Garupal, rodeada de familiares y amigos, celebra junto a sus dos hijos, Mario Antonio y Vivian Alicia, la dicha de volver a tenerlos juntos, como siempre lo había soñado.






