Con el paso del tiempo, la edición 59 del Festival Vallenato será especialmente recordada por el retiro de la estatua de los homenajeados, el Binomio de Oro, del Ecoparque del río Guatapurí. La intempestiva decisión del alcalde Orozco Durán, para salirle al paso a las críticas y burlas de las implacables redes sociales, deja en segundo plano las otras polémicas de las festividades, que por demás se pueden catalogar como apenas naturales.
No generó reparos la misma selección del Pollo Isra y Rafael Orozco, artífices del Binomio, como homenajeados principales de esta edición. Hecho que prueba que el tiempo cura heridas y cambia percepciones. Hace cuarenta años la misma agrupación era blanco de acérrimas críticas de los puristas, quienes consideraban que con sus bajos, guitarras eléctricas, romanticismo acaramelado y brillantes espectáculos traicionaban la esencia de las clásicas parrandas de acordeón, caja y guacharaca.
También fluyó en los escenarios públicos el favoritismo del Morocho Guerra para hacerse con su corona de Rey Vallenato. Por ello, podría incluso pensarse que fue exagerado el apoyo explícito de Silvestre Dangond a su pupilo, durante la ejecución de las rondas eliminatorias en plena Plaza Alfonso López. Salvo, quizás, para llamar la atención de que sería bueno disponer de una amplia cubierta para la protección solar de quienes hacen presencia masiva en los espacios públicos, o al menos disponer de polisombras elevadas. La proliferación de pequeñas carpas y sombrillas afecta la visibilidad panorámica y desdice de la belleza de esos escenarios naturales.
Los grupos de piloneras y piloneros cumplieron con creces las expectativas, a pesar del recorrido improvisado por la carrera novena. Más organizados los niños y jóvenes, en donde los espacios vacíos no fueron tan notables y la finalización coincidió con la caída del sol. Difícil el inicio de la categoría de mayores, con demasiados grupos de protocolo y recurrentes baches, lo que llevó a que sobre las ocho de la noche todavía se encontraran comparsas en la vía. Sorprendentemente, el público acompañó masivamente aún a quienes la suerte les marcó los últimos lugares de salida.
No les llovió a los fanáticos de los willys y los carros antiguos, lo que permitió evidenciar que el recorrido sigue siendo alegre, bulloso y caótico. Más que una caravana, pareciera la toma de las vías para el jolgorio de quienes cuentan con estos vehículos, quienes van y vienen en un desorden débilmente controlado. Así como tampoco se ha dado con la fórmula para que la cabalgata, que especialmente despierta tanta admiración en los niños, cuente con medidas de protección más adecuadas. Dicen en las caballerizas de la Feria Ganadera que uno de los ejemplares cayó sobre un niño que invadió el carril, y me consta por experiencia directa de la caída de un caballo de paso fino al que se le atascó una pata en uno de los colectores de agua del Parque de la Vida. Más de media hora estuvo el equino tendido en la calle, hasta que llegaron los bomberos y en cuestión de segundos resolvieron la situación.
En suma, mi impresión es que esta edición del Festival demostró un alto grado de institucionalización, con apuestas novedosas como la del Expofestival a la Calle. Quizás por ello exista confianza en que las reclamaciones oficiales que se han elevado tengan un trámite adecuado. Aun cuando en una región de dinastías es difícil encontrar jurados neutrales, no genera buena imagen que éstos no anuncien claramente sus impedimentos, o que su origen se concentre en unos pocos municipios cuando los concursantes acuden prácticamente de todo el país. Y ello es pertinente no sólo para las competencias de acordeón profesional, sino especialmente para las categorías aficionadas. Muchas puyas durante el certamen aludían precisamente a esa vocación de presentarse, acompañados de sus familias viajeras, a pesar de que la voz popular indicaba que ya todo estaba amañado.
Hago esta nota cuando mi presencia en la región del Cesar ya termina. Durante un año y ocho meses la Universidad Nacional me dio el privilegio de dirigir la Sede de la Paz. Posteriormente, las autoridades judiciales dispusieron un cambio inmediato de directivas, al culminar varias acciones de nulidad interpuestas después de dos procesos de elección rectoral controversiales.
Nuestra Universidad no es la única que está pasando por tiempos difíciles en esta materia. La selección de dignatarios en la Universidad Popular del Cesar, así como la de varias de las entidades de educación superior del país, está bajo escrutinio tanto de sus comunidades académicas como de las autoridades. Conceptos como los de autonomía, proyecto académico y democracia universitaria están a la orden del día, y sería deseable un pronunciamiento de la Corte Constitucional que, como órgano de cierre en materia de derechos fundamentales, actualizara los límites y competencias de los Consejos Superiores Universitarios.
Pero, más allá de lo coyuntural, creo profundamente en el poder de la institucionalidad. En nuestro caso, tengo enorme confianza en que quienes hacemos parte de ella encontraremos las vías para crecer en la diferencia, fortalecer los proyectos de formación en curso y asegurar la pertinencia de nuestra presencia en el territorio. Se trata de una gesta colectiva, en donde los individuos aportamos apenas granos de arena.
Por ello, parto del Valle tranquilo y profundamente agradecido. Si somos conscientes de la tarea que nos corresponde a quienes tenemos ocasionalmente la oportunidad de servir, veo el futuro asegurado tanto en el Festival como en la Sede. Dos instituciones que cada vez se inscriben más profundamente en el corazón de La Provincia.







