Con el paso del tiempo, la edición 59 del Festival Vallenato será especialmente recordada por el retiro de la estatua de los homenajeados, el Binomio de Oro, del Ecoparque del río Guatapurí. La intempestiva decisión del alcalde Orozco Durán, para salirle al paso a las críticas y burlas de las implacables redes sociales, deja en segundo plano las otras polémicas de las festividades, que por demás se pueden catalogar como apenas naturales.
No generó reparos la misma selección del Pollo Isra y Rafael Orozco, artífices del Binomio, como homenajeados principales de esta edición. Hecho que prueba que el tiempo cura heridas y cambia percepciones. Hace cuarenta años la misma agrupación era blanco de acérrimas críticas de los puristas, quienes consideraban que con sus bajos, guitarras eléctricas, romanticismo acaramelado y brillantes espectáculos traicionaban la esencia de las clásicas parrandas de acordeón, caja y guacharaca.
También fluyó en los escenarios públicos el favoritismo del Morocho Guerra para hacerse con su corona de Rey Vallenato. Por ello, podría incluso pensarse que fue exagerado el apoyo explícito de Silvestre Dangond a su pupilo, durante la ejecución de las rondas eliminatorias en plena Plaza Alfonso López. Salvo, quizás, para llamar la atención de que sería bueno disponer de una amplia cubierta para la protección solar de quienes hacen presencia masiva en los espacios públicos, o al menos disponer de polisombras elevadas. La proliferación de pequeñas carpas y sombrillas afecta la visibilidad panorámica y desdice de la belleza de esos escenarios naturales.






