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La promesa

Su quebrada voz me dijo algo que apenas pude entender bien: «Cierra la habitación con candado, enciende el aire acondicionado y… Por favor, promete que me dejarás descansar».

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Aún recuerdo el día en que conocí a Eira: una tarde de verano, cuando tenía once años, vi a una niña vivaz y bella, con lindos ojos color miel y melena rubia como hilos de oro. Estaba recién mudada a mi barrio y tenía mi misma edad, lo que me alegró en su momento, puesto que había escasez de niños en la zona. Para sorpresa de nadie, nos hicimos amigos en un santiamén, todo gracias a su carisma.

Eira y yo hacíamos todo juntos: íbamos a la misma escuela, tomábamos las mismas clases extracurriculares e incluso nuestras familias acordaban almorzar juntas cada semana. Muy a pesar de una relación que podría ser —casi— considerada como una linda hermandad, mi corazón me hacía saber que lo que sentía iba más allá de una simple amistad.

Nos graduamos y, con el permiso de nuestros padres, terminamos rentando un pequeño apartamento. Éramos solo dos jóvenes que se consideraban —casi por consenso— hermanos. Para ser franco, nunca fui capaz de negarle un favor, ni siquiera la noche en que se encerró en su habitación entre lágrimas, temblando y sollozando por una crisis que no supe identificar. Su quebrada voz me dijo algo que apenas pude entender bien: «Cierra la habitación con candado, enciende el aire acondicionado y… Por favor, promete que me dejarás descansar».

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Temas tratados
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