En la orilla de un río amplio y tranquilo, la aldea Arichona despertaba cada mañana con el canto de las aves y el roce de las hojas. Las casas estaban hechas de barro y paja, y cada cosa en ellas guardaba una historia muy especial: mantas, mochilas y hamacas bordadas, canciones en la voz de sus antecesores e historias que pasaban de generación en generación. En una tarde lluviosa, nació un niño. Su madre le contó que el aire que recorría ese día la aldea parecía murmurar «Akene». Desde entonces, el nombre le sonó como un mandato dulce que la naturaleza ya había elegido para él.
La abuela, mientras crecía el niño, le enseñaba cánticos y el arte de tejer. «Cada hilo recuerda a alguien —decía—: si mantienes la fibra en conjuntos, no se dañará y obtendrás una bonita tela». El niño siempre caminaba en las tardes hacia el río, se sentaba en una roca y escuchaba el agua correr; eso lo relajaba y lo conectaba con su mundo. Él aprendió cómo curar con plantas, convirtiéndose en algo beneficioso para él. Le encantaba regalarle pequeñas melodías a quienes habían perdido la calma; con su flauta de caña, el niño parecía cantar con el viento unas notas alegres.
Al caer la mañana, llegaron hombres con botas negras, armas intimidantes, los rostros cubiertos y órdenes cortas. Decían que necesitaban jóvenes para defender una tierra desconocida. La aldea se inundó en un silencio profundo al ver cómo se llevaban a los niños. Akene fue arrancado de los brazos de su madre y llevado lejos. Su rostro lúgubre, por sus mejillas, caían las lágrimas; parecía que le hubieran arrancado el alma. Por los caminos espesos de la selva se podía sentir la humedad en el aire. En el lugar al que llegó le asignaban reglas duras, ejercicios, gritos y la insistencia de convertirlo en «soldado» que era un desafío.










