Hay una epidemia silenciosa en las oficinas, juntas directivas, despachos públicos y tarimas de nuestra región y país. No se mide en los balances financieros ni en las encuestas de favorabilidad, pero se respira en la pesadez de los silencios a puerta cerrada. Es la fatiga del héroe: el agotamiento crónico de gerentes y dirigentes políticos atrapados en el mandato no escrito de tener, siempre y a cualquier costo, todas las respuestas.
Durante décadas, hemos aplaudido un modelo de liderazgo fundado en la omnipotencia. En nuestra cultura —heredera de la figura del capataz en la hacienda y del caudillo mesiánico en la plaza—, al líder se le exige ser un acorazado emocional. Se ha erigido la figura de un falso hombre de acero que despliega una ilusoria superioridad humana, desde la cual pontifica y ordena. Este liderazgo caudillista y autoritario por naturaleza es incapaz de sostener la diferencia; no la lee como diversidad, sino como traición. Se asume, por inercia histórica, que la duda es debilidad y que la invulnerabilidad es el precio innegociable del poder. Sin embargo, este paradigma está colapsando por su propio peso.
En una sociedad tan fracturada como la colombiana, atravesada por exclusiones y dolores históricos, este paradigma resulta devastador. Seguir apostando por líderes que operan desde el sesgo y que dividen el mundo entre leales incondicionales y enemigos acérrimos solo profundiza la herida. Colombia y nuestras regiones exigen con urgencia modelos de mayor inclusión, no de mayor polarización.










