En Valledupar casi nadie ha sentido temblar la tierra bajo los pies. Algún abuelo recordará un susto lejano, alguien habrá visto oscilar una lámpara sin saber muy bien por qué, pero para la mayoría de nosotros el sismo es una noticia que ocurre en otra parte del país. Esa tranquilidad tiene una base real: según la NSR-10, el reglamento colombiano de construcción sismorresistente, Valledupar está clasificada en zona de amenaza sísmica baja, con un coeficiente Aa de apenas 0.10, uno de los valores más bajos del país. Pero esa misma tranquilidad, si no se entiende bien, puede convertirse en el principal enemigo de nuestra seguridad.
Amenaza sísmica baja no significa ausencia de riesgo. Significa que la probabilidad de que un sismo de gran magnitud se genere justo debajo de nuestros pies es reducida. Colombia, sin embargo, tiene fuentes sísmicas muy activas relativamente cerca de aquí, como el nido sísmico de Bucaramanga, una de las zonas de mayor actividad sísmica intermedia del planeta, cuyos movimientos suelen sentirse en buena parte del norte del país.
Un sismo lejano, incluso de magnitud moderada, puede llegar hasta el valle donde está Valledupar y, dependiendo del tipo de suelo que atraviese, amplificarse antes de llegar a una edificación. Los suelos blandos y los depósitos aluviales, tan comunes en valles como el nuestro, formado por los ríos que bajan de la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía del Perijá, tienen esa capacidad de amplificar el movimiento sísmico incluso cuando el epicentro está a cientos de kilómetros. Es un fenómeno que la sismología conoce bien y que los estudios de microzonificación buscan precisamente cuantificar.









