El proceso evolutivo de Valledupar tuvo en su primera generación de dirigentes, gestores que comprendieron el significado del ordenamiento territorial, entendido como un proceso de planificación y gestión para facilitar el desarrollo institucional, el fortalecimiento de la identidad cultural y el crecimiento territorial, características inherentes al desarrollo económico, competitividad, aspectos sociales justos, comportamiento ambiental y fiscal sostenibles, armonía regional, diversidad cultural y fisiografía del territorio.
Este proceso de gestión territorial, que nos mereció el remoquete de ‘Ciudad Sorpresa Caribe’, empezó su declive a partir de la medianía de la década de los noventa. La prueba de esta afirmación nos conduce al pasaje al ostracismo que han tenido los exalcaldes de la ciudad desde de 1995.
Después de ocupar el primer cargo en importancia en el municipio, ninguno logró trascender en el ejercicio de la actividad política, en contraste, fue en aumento y sofisticación el cálculo político para ganarse la Alcaldía, situación proporcional al deterioro de los indicadores socioeconómicos y exacerbación de las fragilidades urbanas relacionadas con inseguridad, desempleo, movilidad, transporte público, ordenamiento territorial, cultura ciudadana y discontinuidad en la prestación de los servicios públicos.









