Dicen que todos guardamos un deseo que nunca contamos. No porque sea imposible, sino porque sabemos que conseguirlo podría costarnos un precio y no necesariamente es dinero.
Elías conocía muy bien esa clase de deseos. Su tienda era pequeña, de madera y ventanas con aspecto antiguo.
No tenía una dirección fija: algunas veces aparecía en una calle, otras en una plaza, pero siempre aparecía cuando alguien la necesitaba. Sobre la puerta había un letrero que decía: “SE VENDEN DESEOS, EL DINERO NO VALE AQUÍ”.









