Mientras en Valledupar seguía el pulso del Festival de la Leyenda Vallenata, en otro espacio de la ciudad el centro de la conversación no estuvo en los escenarios ni en la fiesta, sino en las manos que tejen, cuidan, cocinan, crían y sostienen la vida cotidiana sin salario, sin horario y muchas veces sin reconocimiento. Ese fue el tono del conversatorio “Economías para la vida, el buen vivir y la defensa del territorio”, realizado este 2 de mayo, un día después de la conmemoración del Día Internacional del Trabajo.
Allí se reunieron lideresas indígenas, funcionarias públicas y representantes de procesos sociales para poner sobre la mesa una discusión que suele quedar fuera de los indicadores económicos más visibles: el peso del trabajo de cuidado no remunerado y su relación con las economías propias de las mujeres indígenas. En el espacio participaron Zarkuney Zalabata, asesora de la Secretaría Técnica de la Delegación de Juventudes Indígenas; Sibelis Villazón, coordinadora de la Comisión de Mujeres y Familias del pueblo kankuamo; Dunen Muelas, abogada, investigadora y lideresa del pueblo arhuaco; y Sofía Olano, socióloga y coordinadora de la Corporación Mujer y Cántaro, junto a Diana Quigua, directora para Mujeres Cabeza de Familia del Ministerio de Igualdad y Equidad.
La discusión no fue menor. Según el DANE, la mayoría de las personas por fuera de la fuerza laboral en Colombia son mujeres: 9,9 millones, y de ellas, 7,87 millones se dedican a oficios del hogar. Además, las mujeres destinan en promedio cerca de 8 horas diarias al trabajo de cuidado no remunerado, frente a unas 3 horas de los hombres, una diferencia que explica parte de las barreras que enfrentan para acceder al empleo remunerado. Aunque en marzo de 2026 la brecha entre las tasas de desempleo de hombres y mujeres bajó a 3,9 puntos porcentuales, la cifra más baja de la serie histórica, la desigualdad estructural en el uso del tiempo y en la distribución del cuidado persiste.
Tejer también es sostener la vida
En el conversatorio, Diana Quigua insistió en que la conversación sobre economías para la vida no podía limitarse al mercado ni a la venta de productos. “La importancia de conversar hoy alrededor de las economías para la vida nace principalmente de poder darle un valor y un reconocimiento a los trabajos y oficios que hacen las mujeres indígenas en el día a día para sostener sus hogares”, afirmó.
La funcionaria sostuvo que muchas de estas mujeres, además de ser madres cabeza de familia, sostienen con su trabajo no solo la economía del hogar, sino también la de sus comunidades. En su lectura, la presencia de ellas en Valledupar durante el Festival Vallenato permitió visibilizarlas como actoras económicas en una ciudad donde, por estos días, se intensifica el movimiento de visitantes, ventas e intercambios culturales.
“Lo que sostiene esta región también es el trabajo que hacen las mujeres indígenas en Valledupar y en la Sierra Nevada de Gonawindúa”, dijo Quigua. La frase condensó buena parte del espíritu del encuentro: reconocer que detrás de cada mochila, tejido, alimento o emprendimiento no solo hay una mercancía, sino una red de conocimientos, memorias y relaciones con el territorio.
El cuidado, entre la informalidad y la pobreza
Uno de los puntos más reiterados en la jornada fue que muchas mujeres terminan realizando trabajo doméstico o de cuidado como último recurso para generar ingresos. En palabras de Quigua, cuando no encuentran otra fuente de sustento, “se dedican mucho al trabajo doméstico en la informalidad, cuidando los niños de familias, asistiendo los trabajos que hay en las casas sin reconocimiento de un salario digno ni de prestaciones sociales”.
La afirmación conectó con una realidad más amplia: décadas de rezago en el reconocimiento social, económico y político de la economía del cuidado. Para las participantes, la reducción reciente de la brecha de desempleo no cambia por sí sola un patrón histórico en el que las mujeres siguen absorbiendo la mayor parte del trabajo indispensable para que hogares y comunidades funcionen.
Mujeres indígenas y lideresas de organizaciones sociales dialogan en Valledupar sobre la economía del cuidado y las labores no remuneradas que sostienen sus hogares y territorios. Foto: Cortesía.
Quigua reconoció que, pese a medidas como el impulso al Sistema Nacional de Cuidado y al reconocimiento del trabajo de madres comunitarias, “siguen persistiendo brechas de desigualdad muy grandes” alrededor del cuidado. Y añadió un punto de fondo: estas tareas deberían ser compartidas por todos los miembros del hogar y de la sociedad, y no continuar recayendo casi exclusivamente sobre la salud, el tiempo y la dignidad de las mujeres.
Lo sagrado y lo que se vende
Si hubo una imagen que atravesó toda la conversación fue la del tejido. No solo como práctica artesanal, sino como lenguaje, resistencia y organización comunitaria. Desde esa experiencia habló Sibeles, lideresa indígena, al explicar que el tejido ha sido una forma de enfrentar la violencia y de sostener la vida colectiva.
“El tejido nos ha convertido a las mujeres en resistentes”, afirmó. Luego explicó que, en su territorio, ver hombres tejiendo ya no es extraño, porque la historia reciente obligó a convertir esa práctica en una herramienta de resistencia compartida.
Pero su intervención fue más allá del símbolo. También describió la tensión entre el carácter sagrado del tejido y la necesidad de insertarlo en dinámicas de mercado. Contó que cada elemento que se usa para producir una mochila —los tintes, las fibras, las raíces, los frutos— exige permisos espirituales, tiempos propios y armonización con la naturaleza.
“A todo hay que pedirle permiso porque todo lo que utilizamos tiene un padre y tiene una madre”, dijo. Bajo esa lógica, producir una mochila no es solo completar una cadena artesanal, sino cumplir una relación ética con la Madre Tierra para no “endeudarse” con ella.
Esa mirada, sin embargo, no siempre dialoga con los ritmos institucionales o comerciales. La lideresa puso un ejemplo concreto: hay pedidos que no pueden cumplirse en determinados momentos porque los frutos para tinturar no están disponibles, o porque los ciclos de la luna no lo permiten. El reto, señaló, es cómo poner a conversar al comerciante con la cultura y los saberes del territorio, y cómo lograr que los conocimientos ancestrales sean valorados sin tener que traducirse siempre a credenciales formales.
Juventudes indígenas y otros lenguajes
La conversación también abrió una ventana a las nuevas generaciones. Sarunén, representante de juventudes indígenas, defendió que cualquier propuesta económica en los territorios debe partir del autorreconocimiento y del entendimiento de la ley de origen. Para ella, no basta con pensar en emprendimientos si antes no se comprende el territorio, el calendario lunar, las semillas, los permisos y las autoridades que ordenan la vida comunitaria.
Su intervención mostró, además, un cruce interesante entre tradición y tecnología. Contó que muchos jóvenes están usando videos, fotografías y contenidos digitales para compartir mensajes de los abuelos, consejos en lengua propia y reflexiones sobre el territorio. No se trata, dijo, de usar internet por usarlo, sino de convertirlo en una herramienta para que la misma juventud narre sus saberes y no dependa siempre de voces externas.
La autonomía económica no basta
Otra de las voces del espacio fue la de Zulima, de la Corporación Mujer y Cántaro, quien introdujo un matiz importante en una discusión donde a menudo se presenta la autonomía económica como solución suficiente. Para ella, contar con ingresos propios sí amplía la posibilidad de decidir y salir de ciertas relaciones de dependencia, pero no elimina por sí misma las violencias de género.
“Si esto solamente se tratara de condiciones materiales, las mujeres ricas no sufrirían violencia”, afirmó. Su planteamiento fue que el bienestar también depende de transformaciones sociales más amplias, de políticas públicas y de acuerdos que cuestionen los privilegios masculinos que siguen organizando la vida cotidiana.
Una agenda que sigue abierta
El cierre del evento también incluyó la socialización del sistema Salvia, una ruta de atención y prevención de violencias y feminicidios impulsada por el Ministerio de Igualdad, así como el recordatorio de la línea 155 para casos de riesgo. Además, Quigua anunció una alianza en construcción con la Universidad Popular del Cesar para seguir desarrollando espacios académicos sobre cuidado, género y acceso a derechos en Valledupar, antes de terminar la vigencia del Ministerio de la Igualdad el 22 de junio.
Pero más allá de los anuncios, el conversatorio dejó una pregunta de fondo para una ciudad y una región atravesadas por profundas desigualdades: quién sostiene la vida mientras otros ocupan el centro de la economía visible. En Valledupar, al menos por unas horas, la respuesta tuvo nombres, voces y manos de mujeres indígenas que recordaron que cuidar, tejer, cocinar, criar y defender el territorio también es trabajar.







