¿A quién más le da pavor hacer la lista de propósitos de año nuevo? Llegan como una avalancha a nuestra mente, y la lista parece interminable. Algunos son imposibles —hay que aceptarlo—, pero, al fin y al cabo, forman parte del crecimiento que “tenemos” que alcanzar: comer más sano, hacer ejercicio, ahorrar dinero, viajar, conseguir una pareja estable, y hasta librarse de un embarazo.
En mi caso, dejar las palabrotas; con eso será suficiente. Sin embargo, entre ellos hay uno que parece haberse convertido en un ritual social, y eso lo transforma en un despropósito: el reto de leer más libros.
Lo sé, ya saldrán a reclamarme porque le estoy poniendo trabas a la lectura. Pero las redes sociales se inundan de listas eternas de ejemplares, y de la nada aparecen retos como si fueran trofeos: “50 libros en un año”, “Un libro por semana”, “100 páginas por hora”, sí, a veces se torna exagerado… Sin embargo —y en esto espero que todos estén de acuerdo—, detrás de esta obsesión por llevar un listado interminable, tachando libro tras libro, se esconde una presión que convierte el placer de leer en una obligación perturbadora.






