Cuando se conocieron los resultados de la primera vuelta presidencial de 2026, buena parte de los análisis se concentraron –sobre todo– en los nombres de los candidatos, en los errores de campaña, en las alianzas que vendrían para la segunda vuelta y en las inexorables encuestas. Empero, detrás de los menesteres cotidianos de la política apareció un fenómeno mucho más interesante y probablemente más duradero. Colombia realizó un arquetipo del mapa electoral que había trazado cuatro años atrás. Los resultados permiten advertir o devenir algo que suele pasar desapercibido. A pesar de un gobierno de izquierda durante cuatro años, a pesar de las controversias, de las reformas, de los escándalos y de la intensa polarización que ha caracterizado el debate nacional, la geografía electoral permaneció extraordinariamente estable.
La Costa Caribe continuó respaldando las opciones asociadas al progresismo. El Pacífico mantuvo su histórica inclinación hacia las propuestas de transformación social. Bogotá volvió a consolidarse como el principal centro electoral de las fuerzas alternativas. En contraste, Antioquia, los Santanderes, el Eje Cafetero, los Llanos Orientales y buena parte del centro andino conservaron su preferencia por opciones de derecha o centroderecha. De los treinta y dos departamentos del país, únicamente uno modificó sustancialmente su comportamiento territorial. En términos prácticos, más del noventa y seis por ciento (96,97%) del mapa político colombiano permaneció inalterado.
Esta estabilidad y fenomenología electoral obliga a formular preguntas muy distintas a las que ordinariamente nos solemos plantear o que pueden ser demasiado habituales: ¿realmente cambian los electores colombianos o lo que cambia son únicamente los candidatos? ¿Estamos frente a una democracia que vota por programas de gobierno o ante una nación que ha comenzado a desarrollar identidades políticas regionales cada vez más sólidas? ¿Hasta qué punto las decisiones electorales responden a coyunturas pasajeras y no a procesos históricos, culturales y sociales acumulados durante décadas? Y, quizá la pregunta que considero que más se harán los lectores: si cuatro años de gobierno no alteraron sustancialmente el mapa político del país, ¿son los gobiernos quienes transforman a las regiones o son las regiones quienes terminan imponiendo sus límites a los gobiernos?






