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Silencios, soledades y ciudad: el legado de Álvaro Cepeda Samudio en Valledupar

En la Feria del Libro de Valledupar, escritores y gestores culturales releen a Álvaro Cepeda Samudio y su influencia en la narrativa urbana colombiana.

Ariel Castillo Mier y Gustavo Ramírez conversan sobre la vida, la obra y el legado de Álvaro Cepeda Samudio, en el marco del conversatorio “El escritor que sacudió el Caribe” de la IV Feria del Libro de Valledupar. Foto: Said Armenta.

Ariel Castillo Mier y Gustavo Ramírez conversan sobre la vida, la obra y el legado de Álvaro Cepeda Samudio, en el marco del conversatorio “El escritor que sacudió el Caribe” de la IV Feria del Libro de Valledupar. Foto: Said Armenta.

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Álvaro Cepeda Samudio volvió a sacudir el Caribe, esta vez desde el segundo piso de la Casa de la Cultura, en el segundo día de la IV Feria del Libro de Valledupar. En el conversatorio “Álvaro Cepeda Samudio: el escritor que sacudió el Caribe”, los invitados reivindicaron la dimensión literaria de un autor que, según se dijo, “tuvo la mala suerte de ser sepultado por la anécdota”, eclipsado durante décadas por los chismes sobre su vida bohemia y sus episodios escandalosos más que por la potencia de su obra. 

Allí recordaron que, en apenas 46 años de vida, Cepeda publicó tres libros que “introdujeron un desorden, una transformación fundamental en la literatura colombiana”, rompiendo con el modelo rural y costumbrista dominante en el país.

El quiebre de Todos estábamos a la espera

Uno de los ejes del conversatorio fue el libro de cuentos Todos estábamos a la espera, publicado en 1954 y considerado por los participantes como la obra que marca el quiebre entre la narrativa rural y una nueva sensibilidad urbana y existencial. 

A diferencia del cuento “gregueresco e imberbe” que retrataba al campesino desde la mirada condescendiente de un narrador culto, Cepeda situó sus relatos en Nueva York, con personajes que se mueven de un cuento a otro y un hilo secreto que articula el libro como una unidad. “Son cuentos que no ocurren en la vereda, sino en la gran ciudad, y que hablan de soledades, de angustias contemporáneas, de un hombre enfrentado a una urbe inmensa”, se dijo durante la charla.

Silencios sonoros y la herencia de Hemingway

La conversación también abordó las afinidades estéticas de Cepeda con la literatura norteamericana, en particular con Ernest Hemingway y su famosa “técnica del iceberg”. Uno de los invitados explicó que en los relatos del caribeño “hay unos silencios sonoros, unas elipsis elocuentes; es más lo que calla que lo que dice, y por eso a veces sus textos resultan difíciles para ciertos lectores”. 

Esa apuesta por sugerir antes que explicar, añadieron, lo aleja radicalmente del tono anecdotario que domina en Cien años de soledad: “si el eje de la narrativa de García Márquez es la anécdota, lo primero que Cepeda suprime es la anécdota; la revienta, la fragmenta, y obliga al lector a reconstruir”.

Soledad en Nueva York, soledad en el Caribe

Un tema recurrente fue la soledad, entendida no solo como motivo literario sino como experiencia existencial de Cepeda en ciudades como Nueva York, Barranquilla o Ciénaga. Recordaron que muchos de los cuentos fueron escritos cuando el autor estudiaba periodismo en la Universidad de Columbia, en Estados Unidos, y que esa mirada de “hombre solo en una gran urbe” se proyecta tanto en las calles neoyorquinas como en los barrios del Caribe colombiano. 

“Es la soledad del que está rodeado de gente, pero atrapado en una especie de vacío interior; una angustia existencial que no se había trabajado así en la literatura colombiana”, apuntaron.

El Grupo de Barranquilla y la lectura tardía

Otro de los puntos subrayados fue el rol del Grupo de Barranquilla en la gestación de esta nueva literatura, un círculo del que Cepeda hizo parte junto a Gabriel García Márquez, Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas y otros intelectuales. Solo décadas después del éxito mundial de Cien años de soledad la crítica internacional empezó a preguntar “de dónde salió ese monstruo” y a rastrear en periódicos y revistas la constelación de autores que lo rodeaban. 

Fue entonces cuando se releyó a Cepeda, se recuperaron cuentos inéditos y se reivindicó su lugar como uno de los grandes renovadores de la narrativa colombiana del siglo XX.

Un clásico difícil, pero imprescindible

Al cierre del conversatorio, los invitados reconocieron que los textos de Cepeda no son de fácil digestión y que, quizá por eso, no suelen figurar en las listas de lectura escolar. “No es un autor para ponerlo a la ligera en bachillerato, porque puede espantar a más de un lector; pero si uno soporta el reto, encuentra sorpresas y complejidades que siguen vigentes en 2026”, afirmaron. 

En Valledupar, mientras avanzan las actividades de la Feria del Libro, la voz de Álvaro Cepeda Samudio reaparece así entre silencios, cartas no escritas y noticias que se convirtieron en recuerdos, confirmando que su obra todavía tiene mucho que decirle al Caribe y al país.

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