En el segundo día de la Feria del Libro de Valledupar (Felva 2026), el geógrafo e historiador David Ramírez Palacios convirtió la vida de Agustín Codazzi en una auténtica película de aventuras frente al público reunido en el segundo piso de la Casa de la Cultura. Entre mapas rescatados de archivos, anécdotas bélicas y relatos de fiebre en la sabana, Ramírez trazó el mapa humano e intelectual de un hombre que, como dijo, “pasó diez años recorriendo Venezuela” y luego se echó al hombro el reto de dibujar la Nueva Granada.
Ramírez arrancó su ponencia situando a Codazzi en el huracán de las guerras napoleónicas: un joven artillero formado en la tradición de los ingenieros geógrafos militares, para quienes la cartografía era, ante todo, una ciencia al servicio de la guerra.
En ese ambiente, explicó, Codazzi aprendió topografía, dibujo topográfico y algo más difícil de enseñar en las aulas: la capacidad de hablar con la gente, preguntar por los caminos, los ríos, las montañas y registrar con rigor lo que le contaban los habitantes de cada región. Ese método —escuchar para luego cartografiar— marcaría toda su obra posterior en América Latina.
Del Caribe de los piratas al atlas de Venezuela
Después de las guerras napoleónicas y de varios intentos fallidos por ganarse la vida en Europa, Codazzi terminó enrolado en la armada del célebre “pirata Aury” en el Caribe de las guerras de independencia. De esa fase naval sobreviven algunos mapas rarísimos de Providencia y de la bahía de Ocumare, conservados en Italia y publicados en memorias especializadas, que Ramírez mostró como huellas tempranas del cartógrafo que estaba por venir.
La gran transformación llega cuando le encargan hacer el mapa del Zulia y, de paso, un “mapa corográfico” de toda la República de Venezuela, en el momento en que el país se separa de la Gran Colombia. “Eso se va a llamar la Comisión Corográfica de Venezuela y va a durar diez años”, explicó Ramírez, subrayando que no se trata solo de una frase grandilocuente: “cada año, cada mes, cada incidente es riquísimo en personajes, acciones, acontecimientos”. El resultado de esa década de aventuras es el Atlas físico y político de la República de Venezuela, un trabajo que definió como “pionero” y “uno de los primeros atlas modernos de nuestros países, los primeros mapas modernos de nuestros países”.
La Nueva Granada: dibujar un país que cambiaba de nombre
La ponencia avanzó entonces hacia la llegada de Codazzi a la República de la Nueva Granada, tras nuevas guerras en Venezuela y su huida hacia Colombia. En Bogotá, explicó Ramírez, se vinculó al recién creado Colegio Militar impulsado por Mosquera, un proyecto clave para formar ingenieros y agrimensores en un país que necesitaba medir tierras, repartir resguardos indígenas y delimitar ejidos.
Con sus estudiantes, Codazzi elaboró el célebre plano topográfico de Bogotá, que se convertiría en el mapa básico de la ciudad durante casi un siglo y que fue utilizado incluso para planear la toma de Bogotá durante la guerra de 1854, el golpe de Melo. Ramírez relató la anécdota de la pelea entre Mosquera y Codazzi porque el geógrafo no tenía el mapa a la mano y tuvo que mandar a su hijo “infiltrado” a la casa para sacarlo, un episodio que arrancó risas y asombro entre los asistentes.
Mientras negociaba con el gobierno el contrato de la Comisión Corográfica de la Nueva Granada, Codazzi se enfrentaba a otro enemigo: la inestabilidad política. “Codazzi entregaba el mapa de una provincia y luego le decían: ‘No, pues esa provincia ya no existe, se fusionó con otra’”, recordó Ramírez, explicando cómo el constante cambio de nombres, divisiones y entidades territoriales condicionó el trabajo del equipo.
Corografía: líneas que se vuelven país
Uno de los conceptos centrales de la charla fue la corografía, entendida como geografía regional que describe orografía, hidrografía, poblaciones, caminos y producción. Ramírez mostró cómo la Comisión Corográfica colombiana se puede imaginar como un conjunto de líneas —las rutas de las diez expediciones— y planteó el “misterio” de cómo esas líneas se transforman en superficies, es decir, en mapas de regiones completas que la comisión nunca recorrió por entero.
Codazzi dejaba registradas en los mapas las fuentes de información: guías indígenas, mulatos, campesinos, curas, maestros, franceses con finca en la zona. “En esas notas Codazzi registra cómo levantó la información… ahí les está dando los créditos”, dijo Ramírez, reivindicando la cartografía como una de las fuentes más ricas para la historia indígena y popular.
El archivo disperso y los mapas que reviven
Uno de los momentos más técnicos, pero también más emocionantes para quienes aman los archivos, fue cuando Ramírez contó el rescate de mapas de Codazzi que estaban en muy mal estado, “enrollados, pegados”, en la Sociedad Geográfica de Colombia. Gracias a proyectos como Comisión Corográfica Digital, esos documentos fueron llevados al Archivo Central Histórico de la Universidad Nacional, limpiados y enviados a digitalización en la Biblioteca Nacional.
Hoy, explicó, buena parte de ese material puede consultarse en plataformas digitales como el Dataviva del Archivo General de la Nación, la Biblioteca Virtual del Banco de la República —donde él mismo trabaja— y la mapoteca digital de la Biblioteca Nacional, lo que convierte esos mapas únicos y manuscritos en “un plato lleno para el que quiera disfrutar estas cosas”.
Espíritu Santo: el mapa se corta a lápiz
El tramo final de la charla estuvo marcado por la muerte de Codazzi en Espíritu Santo, en las sabanas que hoy forman parte del departamento del Cesar, un episodio que Ramírez definió como “uno de los momentos más dramáticos de la historia de la cartografía mundial”. Apoyado en la biografía de Hermann Schumacher y en testimonios como el de Stripler, dueño de la hacienda Las Cabezas, reconstruyó los últimos días del geógrafo, enfermo de fiebres tercianas, pero empeñado en “concluir su parte” del trabajo y en terminar de medir y dibujar Magdalena y Bolívar.
“Desde la hacienda Las Cabezas tiró la primera línea de su gran norte”, narró Ramírez, mostrando un collage que hizo junto a su esposa, a partir de los mapas manuscritos de Turín, donde se ve la parte norte de Colombia “bastante en blanco, porque Codazzi se murió”. En uno de esos mapas, explicó, se distingue el pueblo de Espíritu Santo y, hacia el norte, una línea de lápiz que se corta abruptamente: “Estos son los últimos trazos que hizo Codazzi”.
Preguntas desde el Cesar: identidad, territorio y futuro
Al abrirse el espacio de preguntas, el público del Cesar llevó la conversación al terreno de la memoria local. Un asistente, oriundo del municipio de Agustín Codazzi, confesó la duda que ha tenido toda la vida: “¿El Espíritu Santo es el municipio de Agustín Codazzi?”. Ramírez respondió con cautela, pero sin eludir la hipótesis: “Yo creo que sí es el mismo Espíritu Santo, el mismo Agustín Codazzi… las ciudades se movían mucho, pero creo que sí”, reconoció, dejando entrever que aún hay trabajo cartográfico e histórico por hacer en la región.
Ramírez aprovechó para insistir en la invitación a estudiantes de la región a explorar estos documentos: “No es el mapa por el mapa. Estos mapas son fascinantes en sí mismos, pero también son claves como fuente de la historia territorial”, afirmó.
Al despedirse, tras casi hora y media de viaje por archivos, guerras, expediciones y sabanas, dejó una imagen que quedó flotando en el salón: la de un hombre que murió mirando hacia la Sierra Nevada, pensando todavía en medir montañas y completar un mapa que, siglo y medio después, seguimos intentando leer y comprender.







