“No me atrevía a cantar, yo nunca había cantado en público y estaba muy frustrado, ‘El Cachaquito’ Jiménez se negó a cantarme la canción, afortunadamente el doctor Armando Morelli Socarrás me regaló una panchita de aguardiente, me tomé media y quedé como para patearle la espinilla a un policía”, recordó el compositor Rafael Manjarrez, aquella anécdota festivalera que terminó inmortalizando su Ausencia Sentimental.
El creador de un centenar de canciones llenas de poesías, encarnadas por el celo costumbrista, tiene intactos aquellos recuerdos de estudiante, que encerrado en un cuarto de la fría capital, se puso su guitarra en el pecho para plasmar una vivencia alegórica, calcada por la desilusión y nostalgia de perderse un festival vallenato.
En 1977 no pudo cumplir su cita en Valledupar. Tenía 16 años y estaba en Bogotá, donde estudiaba Derecho en la Universidad Nacional. La condición humilde de sus padres, agricultor y maestra de escuela, no le permitía darse el lujo de devolverse para su tierra antes de terminar el semestre y tuvo que tragarse la nostalgia que le causaba estar lejos del Festival Vallenato para que sus conterráneos no se dieran cuenta.











