Que lo más valioso es querer a la gente, no maltratar, no destruir, no maldecir; que los triunfos no son tan importantes para un poeta porque su aliciente es el cario de la gente y con un aplauso él se siente ganador; que los campesinos que labran la tierra son un orgullo para la raza humana; que todos debemos hacer frente común para que no mueran los ríos; que el Cesar tiene una magia tejida con la obra de sus juglares que atrae al forastero y lo obliga a quedarse; que, ¿quién se puede contener cuando suena un acordeón y el viento se vuelve verso?
Y así transcurrió el día en Patillal, pintado con una acuarela mutante de crónicas cantadas que dieron cuenta del apego territorial que profesan muchos compositores, independiente de su lugar de origen, del clamor universal por el cuidado del planeta, del llamado a crecer en alma y menguar en ego, de la importancia de escuchar y honrar a los ancestros, del ideal del ser que quiera y cuide lo que le rodea.
Hubo también abundancia de ‘lugares comunes’ en las canciones, que presentan inventarios de personajes del folclor o lugares emblemáticos, como el río Guatapurí, la Sierra Nevada, y no faltaron las que llamaron la atención porque describen con jocosidad y sarcasmo hechos como la demanda que obligó la devolución del Parque de la Leyenda a la administración municipal de Valledupar.











