Por Andrés Cuadro
Las loterías de la cultura y de la apreciación de la misma son empresas un tanto inciertas. En Valledupar, ciudad acostumbrada a emborracharse cada fin de semana, mientras escucha plácidamente vallenatos clásicos -y otros últimos en decadencia- fue testigo el fin de semana pasado (del 8 al 11 de junio) de un acontecimiento sin igual: la realización de la primera Feria del Libro de la ciudad, que contó con otro ingrediente inédito hasta el momento: ser organizada por un medio de comunicación, en este caso, el diario EL PILÓN.
Los números estaban en contra. Los lectores escaseaban mientras los parranderos aumentaban. La ciudad, anestesiada por el folclor y el resollar estridente de los acordeones desafinados, de la mal llamada nueva ola, pudo salir momentáneamente de la UCI donde se encontraba, dándole (afortunadamente) un respiro a la cultura diversa del valle de upar. El vallenato, que es una amalgama de nuestra esencia nacional (afros, indígenas, colonos europeos) ha ido desconociendo el gran caudal literario, narrativo y poético que hizo posible su fundación histórica, gracias a los consabidos juglares que también eran grandes escritores campesinos, afros o en el caso de Máximo Movil, indígenas.











