Dice el poeta Jarol Ferreira:
Entrar en la vida de un artista es meterse en el mundo de lo inesperado, lo estético y lo poético. Nuestro invitado en esta edición es Jarol Ferreira, escritor y pintor, oriundo de Villanueva, La Guajira, un talento de las nuevas generaciones con un estilo propio en sus producciones artísticas.
El punto de encuentro acordado para la entrevista, el Cementerio Central, un lugar que para muchos puede sonar tétrico, triste o poco apropiado para hablar sobre la vida cuando está rodeado de muerte. Sin embargo, para Jarol es un lugar también lleno de momentos estéticos, aspectos que solo un artista puede captar, como cuando mientras hablábamos entró un cortejo fúnebre y detalló a un señor que entraba con su bicicleta para que no se la robaran.
Sus inclinaciones por la pintura florecieron desde que tenía 11 años, alimentado por sus padres quienes siempre le inculcaron hacer lo que le gustara.
Su vida transcurrió en su pueblo natal con una vida apacible, hasta que llegó el momento de decidir lo que quería ser en la vida y la apuesta estaba por la carrera de medicina, que en ese momento era más un escape que una vocación, porque le urgía experimentar lo que significaba vivir fuera de la casa paterna y qué mejor que en la gran urbe, la capital de país.
Allí experimentó la disciplina cuasi militar de los estudios de medicina según sus palabras, y terminó por retirarse y optar por la publicidad, algo más cercano a las artes, pero definitivamente encontró lo que le gustaba cuando en el último año se metió a estudiar historia del arte, donde todo era más relajado y cercano a su forma de ser y estar en el mundo.
En Bogotá comenzó viviendo en un barrio estrato seis y terminó por irse a vivir al barrio Santa Fe, uno de los lugares más vulnerables y peligrosos de la ciudad, donde conviven los indigentes y las prostitutas, los adictos al bóxer y los ladroncillos de cartera. Allí alimentó su espíritu de una cruda realidad que posteriormente le sirvió para inspirar algunos de los poemas que aparecen en su libro.
El interés por la pintura
El regreso a Villanueva estuvo influenciado por las fuentes de las que bebió en ese momento, fundamentalmente se sintió atraído por el existencialismo, el nihilismo y el nadaísmo en poesía. Toda esta corriente filosófica que se trasladó a la literatura, la poesía y en general a todas las expresiones artísticas se fueron fusionando en su pensamiento como una opción de vida. “Uno es también lo que tiene en el cerebro, dice Rodolfo Llinás”, médico neurocirujano, a quien cita.
Decidió regresar a su pueblo, pero no a casa de sus padres, sino a una construcción abandonada de propiedad de su familia. En ese momento, la idea era desplegar todas las alas de su individualidad y su libertad, en su “Casa taller” donde todavía vive con los mínimos bombillos, un televisor y tres gatos.
En su nueva casa pintó de manera obsesiva porque quería pintar de manera clásica, pero en la actualidad sigue pintando igual de juicioso, pero menos estricto consigo mismo.
Lo más importante en cuanto a pintura lo hizo en el año 2003 en el Banco de la República de Bogotá cuando quedó seleccionado entre un grupo de artistas nacionales. En esa ocasión se trató de unas páginas arrancadas de cuaderno, pintadas en acuarela.
Dentro de la pintura su identidad está en la acuarela y en pegar desechos y basuras y a partir de eso crear arte.






