Sentado debajo la sombra de un árbol, al lado del colegio Santa Fe, don Cristóbal Maestre ondea su sombrero para luchar contra el calor; su mano derecha se cansa y luego ríe como queriendo disimular la inclemencia de la naturaleza, ensañada con el ardiente sol de mediodía.
Su apariencia de indigente contrasta con su lucidez mental a la hora de analizar cualquier tema. Al abordarlo, la conversación se interrumpió por el ruido de una volqueta que cruzaba por la traficada avenida para dirigirse a la construcción del estadio Armando Maestre Pavajeau.
Don Cristóbal no perdió de vista al vehículo pesado que trabaja en la reconstrucción del escenario y de inmediato su voz ronca y pausada irrumpió para referirse a la obra. “Ese estadio va a ser una maravilla, ojalá lo terminen pronto y no se quede así”, dijo el hombre de 57 años y de barbas pobladas.
















