Los días veraniegos suelen ser todos peculiares y muy particulares; todos con esa cálida brisa medio fresca y al mismo tiempo calenturosa, que sin importar cómo nos reciba al amanecer, muchos salimos a realizar nuestros actos cotidianos, para los cuales imprimimos todo nuestro esfuerzo, empeño, y ¿por qué no? amor.
Caminando las calles de Valledupar, me encontré con una historia de vida que no resulta ser la excepción ante este llamado mañanero que nos hace el día.
Abimael Quintero cada día, como hace 20 años ya, se levanta con las mismas ganas de entregarle a su pueblo vallenato todo su mejor empeño en el oficio al que ha recibido durante mucho tiempo en su vida, arreglar gafas. “Todos los días se levanta uno sonriente, saludo a la gente, siempre con cordialidad, eso hace que uno se mantenga en este arte”. “Esto lo hago porque me gusta, me nace trabajar con esto”, añadió Quintero.
En un local ambulante, tan acogedor como su amable atención, ubicado en el sector del Centro Histórico de Valledupar, comienza su día desde muy temprano. Sale a batallar para ganarse la vida en una lucha diaria, que endulza con amor y con pasión, tanto a su trabajo como a su familia, a la cual sostiene gracias a este empleo; que como él mismo dice “es un negocio del que uno se mantiene y se mantiene por que uno tiene orden y juicio”.






