La pobreza sólo existe en aquel que se siente pobre. Cuando Ana Orcasita fue dejando su “niñez” lo que le enseñaron sus padres fue a trabajar, aunque nunca fue a una escuela la honradez y los buenos valores nunca le faltaron. Fue así cómo desde sus doce años comenzó a laborar ayudando en casas de familia inicialmente con labores poco pesadas, de allí se fue dando a conocer y siempre tuvo algo claro: pobre es aquel que sufre de pereza, porque así con mayor razón lo alcanza la pobreza.
Sus amigas de infancia no encontraban explicación alguna, de por qué Orcasita siempre estaba feliz, siendo pobre, sus ojos permanecen iluminados y una sonrisa que la caracteriza. Ana, ante las dudas de sus amigas y sus pesares, porque siempre mantuvieron en la pereza, no hacía otra cosa que decirles, “Pobre, es aquel que lo es de espíritu, de prejuicios, egoísmos y envidia, mientras Dios me de salud y tenga mis dos manos, trabajaré”.






