El día en que Argentina jugó contra Egipto no solo se sufría en Atlanta, Estados Unidos: también, a miles de kilómetros, en Valledupar se levantó una pequeña embajada albiceleste en el Hotel Tativán. Allí, entre calor, banderas improvisadas y celulares a la altura de los ojos, la selección argentina de Goalball —Los Topos— y la delegación de los Parasuramericanos vivieron el partido como si dependiera de ellos mismos: con oídos, con pasión y sobre todo con corazón.
El restaurante del Hotel Tativán se transformó en un fan fest argentino, con la delegación paralímpica reunida frente a una pantalla que no paraba de lanzar imágenes del mundial de fútbol. Afuera, Valledupar seguía su ritmo y a la expectativa del conocido archienemigo de la tricolor; adentro, la banda sonora era otra: cánticos albicelestes, murmullos de nervios y los relatos del comentarista que cada tanto explotaban en gritos ahogados.
Los Topos, recién llegados con la confianza de una temporada histórica —sexto puesto en el Mundial de Goalball, medalla de plata en la Copa América— se sentaron en primera fila como si se tratara de un nuevo rival en cancha: Egipto, otro obstáculo que Argentina debía remontar. La delegación entera se apretó alrededor de la bandera, el televisor y cualquier pantalla capaz de transmitir el partido. Era un mediodía compartido: el fútbol en Estados Unidos, el Goalball y los Parasuramericanos en Valledupar; la misma bandera, distintos escenarios.






