Valledupar, como cada año, viste sus campos de flores amarillas brindando un atractivo para visitantes y residentes. Este fenómeno lo recibimos con las primeras lluvias del año, como si fuera realismo mágico; esto le da paso al florecimiento del puy, un árbol común en la costa norte de Colombia. Es un espectáculo visual que parece pinceladas de ocre en un gran lienzo. Aunque es menos frondoso que el emblemático cañaguate, el puy reclama su propio espacio en la riqueza paisajística del Cesar.
Entre miel, medicina y madera: los dones del puy
Las flores amarillas del árbol de puy proporcionan néctar y polen a las abejas, contribuyendo a la producción de miel. Entre sus usos y beneficios tenemos su madera, apreciada por su calidad y durabilidad. En medicina natural se utilizan varias partes del árbol, como la corteza, las hojas y las flores; de igual manera, se preparan infusiones medicinales con propiedades antiinflamatorias.
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A menudo se le confunde con el cañaguate, cuya floración masiva suele coincidir con el equinoccio de marzo, vistiendo las calles del departamento justo antes del inicio del Festival de la Leyenda Vallenata.
Antonio Rudas, ingeniero forestal senior, explica que esta explosión de color responde a la acción de la giberelina, una hormona vegetal que activa la floración cuando las condiciones ambientales son óptimas, generalmente justo antes de las lluvias. Esta sincronía es clave para la dispersión de sus semillas, que dependen del viento y del agua para germinar.
Este año, un atípico choque entre una ola de frío del Caribe norte y días de calor extremo generó lluvias anticipadas, lo que dio paso a una floración temprana del puy en zonas cercanas a la ciudad del vallenato. “Tras ser polinizadas, las flores caen casi de inmediato, formando una alfombra amarilla que marca el inicio de la fructificación”, expresó Rudas.
Rudas destaca que, a diferencia del roble, cuya floración es más lenta y prolongada, el puy y el cañaguate tienen un ciclo reproductivo acelerado y altamente dependiente de los cambios climáticos. “La naturaleza logró hacerlas completamente sincronizadas”, concluyó.
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El cañaguate y la cultura vallenata
El cañaguate es considerado como un árbol emblemático de la región; su atractivo se entrelaza con las festividades vallenatas. Su despampanante destello amarillo ha sido fuente de inspiración para cantos y versos. Con el paso de los siglos, el árbol se integró en la tradición vallenata como símbolo de identidad, evocando la esencia de la tierra cesarense. El cañaguate representa la unión entre naturaleza y música: un árbol que florece al ritmo de la identidad cultural del Cesar.
Contraste: discreción frente a majestuosidad
A la izquierda, una hoja de puy; a la derecha, una de cañaguate. Foto: Suministrada/ EL PILÓN.
Si bien el puy y el cañaguate comparten la belleza de sus radiantes flores amarillas, cada uno aporta un matiz distinto al paisaje cesarense. El puy, más discreto y menos frondoso, se integra como pinceladas delicadas que enriquecen la biodiversidad y ofrecen beneficios prácticos como miel y medicina natural. El cañaguate, en cambio, se impone con su porte majestuoso y su floración abundante, convirtiéndose en símbolo de identidad regional y en protagonista de la primavera vallenata. Ambos árboles, aunque diferentes en su presencia, se complementan en la construcción de un escenario natural que mezcla utilidad, tradición y espectáculo visual.







