Aunque a sus 61 años Luis Ernesto Moscote Sierra no ha llegado a amasar una fortuna, ni tampoco se ha podido comprar el carro de sus sueños ? en el que a veces se imagina paseando junto a su familia por los extensos sabanales del Cesar?, puede decir a boca llena que vive tranquilo gracias a su trabajo de almojabanero. A pesar de que sus exiguas ganancias no le han permitido darse lujos, por lo menos hambre no ha aguantado, aclara. Seguramente por eso se aferra, como ceiba que ha echado raíces en tierra fértil, a la plaza principal de La Paz (Cesar): allí vende, desde hace 20 años, sus amasijos.
A un costado de Oficopias, el negocio de su comadre Diana Oñate, se le ve recostado en su silla Rimax bajo la sombra de un árbol, sosteniendo en sus muslos un platón de almojábanas. Estos alimentos hechos de maíz, queso costeño y azúcar, le permiten a Pichola (como le dicen desde niño) y a más de un centenar de hombres y mujeres, conseguir el sustento para sus familias.
En La Paz, municipio ubicado a 20 minutos de Valledupar, las almojábanas son el producto insigne. Desde mediados del siglo pasado, el oficio se comenzó a popularizar cuando un puñado de matronas se desperdigó por las calles más transitadas del pueblo para pregonar este alimento. El paso obligado de carros, buses y colectivos por este paraje donde la carretera se ramifica al oriente hacia Manaure (Cesar), al occidente a Valledupar, y al norte a Villanueva (Guajira), convirtió a las almojabaneras en blanco de viajeros y transeúntes hambrientos o deseosos de llevarle un presente a sus seres queridos.






