El sonido del acordeón se mezclaba con el ruido de la lluvia que caía en la Plaza Alfonso López, y que se emancipaba ante el idilio de las notas y fogueada voz de Ovidio Granados, Rey de Mariangola. Era el Festival de 1968.
El aguacero que cayó en Valledupar la noche del martes hizo que Ovidio recordara la lluvia de aplausos que escuchó ‘el Viejo Villo’ cuando subió a la tarima para competir por la corona del primer Festival. En la final estuvo con sus ídolos en la música vallenata: Gilberto Alejandro Durán Díaz y Luis Enrique Martínez.
Sabía que era muy arriesgado jugarle de tú a tú, a los grandes del momento: Durán y Martínez. No importó. Porque el muchacho de 25 años que se robaba las miradas y la algarabía del público asistente a la final tenía melodía, rutina y sentimiento.






