Corría el año de 1945. Dos jóvenes seminaristas, hambrientos, pues se comía muy mal en aquellos años postrimeros de la Segunda Guerra Mundial, cuando los países padecían el desabastecimiento de víveres como consecuencia del conflicto, hicieron un asalto nocturno a un palo de mango que había en el antiguo Claustro de San Agustín, en Cartagena de Indias. Uno de ellos era el seminarista Armando Napoleón Becerra Morón. Delatados por el olor a mango en los talegos de la ropa sucia, ambos fueron llevados a la rectoría del seminario. Sometidos a consejo disciplinario por la falta cometida, se anticipaba la sanción: expulsión definitiva.
El padre Lenesaux, director espiritual del seminarista Becerra, quien tenía voz, pero no voto en el consejo disciplinario, le dijo: “No creo que pueda hacer mucho por ti, pero tú encomiéndate a esta santita”, y le alargó una medalla de Santa Teresa del Niño Jesús. Sucedió por aquellos días, que el obispo don Vicente Roig y Villalba, había anunciado visita al Seminario Conciliar San Carlos Borromeo, para visitar a los seminaristas nativos que se formaban para el Vicariato Apostólico de La Guajira. A Lenesaux se le ocurrió decir a los padres presentes: “¿No les parece vergonzoso, que el señor Vicario Apostólico venga a honrarnos con su presencia, y el agasajo que le hacemos es la expulsión de uno de sus seminaristas?”. Y con este argumento, al seminarista Becerra le concedieron el indulto mientras que el otro fue expulsado, tal era la severa disciplina que antes había en los seminarios.











