Conocí a Manuel Riveira cuando yo tenía 15 años en Bogotá. Nos encontramos como los pretendientes de Penélope, en la casa de una bella joven que cortejábamos ambos; los primeros chispazos de rivalidad en la sala de Milena no fueron bravuconadas de jóvenes leones, sino tal vez el primer reto intelectual que se me planteó en la vida… Manuel conocía toda la historia de mi familia, los nombres de mis padres, sabía casi todo de mi región de origen, y rápidamente pasó a la geografía, la historia y la cultura universal; me sentí en una prueba o en una entrevista donde se me estaba midiendo a fondo. Así que, al igual que quienes frecuentaban la casa de Ulises, en público y delante de la pretendida, no tuve más remedio que aceptar el reto y responderle de la misma manera.
Eso mismo pasó varias veces, pero a la tercera vez ya yo sentía admiración y afecto por su inteligencia, por su rapidez mental y por el inusual acervo de conocimiento en las áreas más diversas que pocos a nuestra edad trasegaban con holgura…
Milena finalmente no se fijó en ninguno de los dos, pero gracias a ella, a los 15 años conseguí un hermano que me acompañó a reír y a llorar, a crecer y a luchar, a lo largo de toda la vida…
Tengo 46 años de anécdotas con Manuel, casi cinco décadas de testimonios sobre sus intimidades, sus amores, sus desamores, sus tristezas y sus alegrías. Soy testigo de cómo sus compañeros de la Universidad del Rosario admiraban su inteligencia. Enrique Vargas Lleras, su compañero de la facultad de Derecho, quien esta mañana me llamó temprano, me daba testimonio de cómo Manuel era sin duda de lo más brillante de su clase…
Después, la vida y sus vicisitudes lo llevaron a muchas esquinas; en todas Manuel salió avante, siempre su inteligencia le mostró las rutas y con su generosidad incalculable trazó caminos de éxito para otros.
Tal vez nunca se le reconozca con justicia que fue Manuel quien le puso ruedas y turbinas a la explosión cultural-musical de Colombia durante los últimos 35 años, cuando vistió de frac a nuestro folclor por la manera como representó y negoció ante las grandes disqueras de Colombia y el mundo a ese dragón del talento musical que todavía no era Carlos Vives.
En todo lo acompañé, soy testigo de cómo negociaba de tú a tú con los multimillonarios del mundo, aunque él, Carlos, Noguerín -ni yo- tuviéramos un centavo en el bolsillo…
Valorizó la música colombiana, defendió el inmenso valor del talento, porque entendió que era un valor nuevo y distinto que no podía feriarse, en una época en que los músicos y los cantantes, casi todos los artistas, regalaban su talento y sólo las grandes empresas recibían el provecho material.
Manuel cambió la industria musical colombiana, la graduó del todo, y claro, no hubiera podido hacerlo de no haber sido por su amistad y la fe que puso en él, el precursor, el gigante de nuestra historia musical, que es Vives.
Yo fui, sin pretenderlo, una especie de escribano de esa historia, y por eso hoy aquí ante el alma de Mane y ustedes, doy testimonio de eso.
Pero Riveira fue mucho más… para mí fue “el chaval”, así nos empezamos a llamar el uno al otro, cuando viajamos juntos por primera vez a España. Mane fue el más entrañable de mis amigos, mi hermano escogido…
Fue un gran familiar, fue un protector de los suyos… y “los suyos” fuimos todos los que a él le dio la gana. Volvió a mi familia una extensión de la suya. Y eso hizo con todo el que rozó su vida y conquistó su corazón.
Fue impulsivo, fue gigante en sus pretensiones, logró casi todo, y fue implacable con quienes se atravesaron en su senda, pero nunca fue malo; fue una montaña de bondad, una montaña de generosidad y el mejor amigo que pude haber encontrado en mi existencia.
Hace unos años descubrimos de improviso lo que padecía. Un episodio personal con su amigo entrañable, Abelardo de la Espriella, el padre de nuestro candidato presidencial, también su gran amigo, evidenció que algo en Mane ya no estaba bien. Remberto Burgos, ese gran neurólogo colombiano que ya era una autoridad mundial, nos permitió despedirnos de Manuel poco a poco a lo largo de estos últimos 7 años.
Ayer se nos fue Mane. Remberto, quien extendió su tiempo en la tierra, paradójicamente ya lo estaba esperando en el celo. Se fue antes. Así de paradójica es la vida.
Para los que creemos que esta no es la vida, sino la prueba, y la verdadera vida es después, sin las tristezas y alegrías de esta existencia demasiado breve, la muerte es un camino hacia la paz de Dios.
Estoy seguro de que Mane en este momento nos mira sonriendo y recordando cómo lo acompañamos a disfrutar en grande esta breve prueba terrenal; ahora, ya liberado de padecimientos, se solazará como un alma libre en la verdadera vida, y eso y su memoria nos deben llenar de gratitud y tranquilidad.
Rosy, Floro, Felipe, Carolina, Camilo, Angie, Gerardo…. Démosle gracias al cielo por habernos regalado la presencia de ese volcán de amor que ya está hoy con Enna y Pepe al lado de Dios… Gracias, Frank, por cuidarlo tanto.
Gracias River, por habernos llenado de sonrisas, gracias hermanito, por esa lección cotidiana de generosidad y luminosa inteligencia, que era cada momento contigo.
Gracias por haber hecho del amor, el elemento en el cual escogiste vivir. Fuiste un protagonista de todas las formas de amor imaginable.
¡Hasta pronto, Chaval!
Por: Sergio Araujo







