Conocí a Manuel Riveira cuando yo tenía 15 años en Bogotá. Nos encontramos como los pretendientes de Penélope, en la casa de una bella joven que cortejábamos ambos; los primeros chispazos de rivalidad en la sala de Milena no fueron bravuconadas de jóvenes leones, sino tal vez el primer reto intelectual que se me planteó en la vida… Manuel conocía toda la historia de mi familia, los nombres de mis padres, sabía casi todo de mi región de origen, y rápidamente pasó a la geografía, la historia y la cultura universal; me sentí en una prueba o en una entrevista donde se me estaba midiendo a fondo. Así que, al igual que quienes frecuentaban la casa de Ulises, en público y delante de la pretendida, no tuve más remedio que aceptar el reto y responderle de la misma manera.
Eso mismo pasó varias veces, pero a la tercera vez ya yo sentía admiración y afecto por su inteligencia, por su rapidez mental y por el inusual acervo de conocimiento en las áreas más diversas que pocos a nuestra edad trasegaban con holgura…






