Una llamada anunciaba nuestro encuentro, minutos después de colgar el teléfono él nos esperó sentado sobre su gran compañera, la mecedora; ubicada a un lado de su cama que hace parte de las riquezas más valiosas de su vida encerradas en el cuarto- biblioteca, donde sus pensamientos se elevan sin límite alguno, cual viento en época de verano.
Cientos de libros adornaban su dormitorio, sus tesoros más preciados.
Luego de un apretón de manos, en las que posaban sus cinco obras, y de una sesión de fotografías en el espacio más preferido de su vivienda de arquitectura antigua, donde aún se respira aire puro y lleno de recuerdos, se puso en pie. Sentados en una mesa de madera, de aquellas que pocos se ven hoy día, comenzó la entrevista que se volvió charla.






