En el año 1971, durante la celebración de la fiesta patronal en el municipio de Barrancas (La Guajira), Leandro conoció a una joven de nombre Doralba que cariñosamente le solicitaba algunos de sus cantos, a lo que el galante y entusiasmado compositor complacía, embriagado por el perfume de la joven; ella, muy complacida, correspondía al apretón de manos que con nervioso respeto le daba el trovador. Ella era de cabellos cortos y rizados, tenía la piel canelita oscura y, por el contacto de sus manos, él sabía que era una hembra robustica, de abultado pecho y pierna cargaíta. Siempre le gustaron así.
Era la época de la bonanza marimbera. Leandro estaba residenciado en San Diego y con frecuencia acudía a los encuentros parranderos que en Barrancas celebraban con la tula al hombro los hermanos Almenares; esto le permitía constantemente encontrarse con su enamorada e invitarla a estas reuniones, con el visto bueno de sus padres. El tiempo transcurría y Doralba, ya con veinte años cumplidos, era la novia oficial del compositor en esa próspera tierra de negras y ricas entrañas. Él estaba enamorado y ella le alimentaba el sentimiento. Los hermanos Almenares se fueron de Barrancas y Leandro estuvo ausente de El Cerrejón, lo que le produjo uno de los mayores traumas de su vida sentimental.
Como era su costumbre, al regresar a Barrancas con el anhelo de estrechar nuevamente el talle de su “repolludita”, arribó inicialmente donde su prima Braulia Díaz, amiga muy cercana de su amada, y al preguntarle, entusiasmado, por ella, le comentó: “Primo, lo estaba esperando para darle el pésame”. Él preguntó desconcertado: “¿Qué pasó? ¿Quién murió?”. “Murió un amor”, acotó la prima, “la gordita está full, se la preñó un marimberito de esos que están de moda, y después de engatusarla la dejó por ahí tirada”. Por momentos pensó Leandro ir hasta su casa y cantarle la tabla, pero ese nunca ha sido su estilo. Entonces se fue del pueblo silbando una melodía que al llegar a Fonseca ya tomaba forma.
Tanto que vaciló la gordita y nada quiso conmigo, ahora le canto esta cancioncita con eso la castigo.
Este canto, “La gordita”, fue grabado también por Jorge Oñate, en tanto que la protagonista se perdió por los cardonales de La Guajira y Leandro no volvió a saber de ella. Con esta canción, Leandro se sacó la espina que le molestaba el sentimiento, teniendo claridad de que fue durante la bonanza marimbera donde salió trasquilado por uno de sus protagonistas.
Otro caso similar fue el de Rosendo Romero, quien, en los comienzos de su carrera musical allá en el corazón del barrio El Cafetal de Villanueva, donde él residía, también vivía una preciosa jovencita, casi una niña flaquita y tierna, muy sencillita y de alma buena con su expresión soñadora, que le causaba una nostalgia inmensa cuando él tenía que ir con sus padres y hermanos a la sierra montaña para la cogida del café. Él constantemente le dedicaba versos y en alguna ocasión, para impresionarla y lucirse con un tremendo sport, llegó a darle una serenata como parrillero en la única moto que había en Villanueva para la época, propiedad de un buen amigo que él tenía allá en el pueblo. La noche de la serenata, tímidamente, la joven abrió la ventana para corresponderle con un besito volador la alegría de ese momento.
Su amigo el motociclista se dio cuenta de quién era la joven y lo preciosa que era. Algún tiempo después, Rosendo se fue en busca de superación a estudiar a Cartagena, donde permaneció por espacio de casi cuatro años, en tanto que el hombre de la moto había conseguido una conexión para comercializar marihuana y, ya con dinero y mil detalles, conquistó entonces a la casi una niña flaquita y tierna, convirtiéndola en su compañera sentimental.
Con la desazón oprimiéndole el pecho, Rosendo compuso un canto que habla de su derrota ante aquel amor, que inicialmente tituló “Sufrimiento”, ya que así él lo manifestaba: “Quiero partirle el corazón a mi guayabo, a filo de una pena que me duele aquí en el alma”. En el momento que este canto fue grabado por Jorge Oñate, su título (“Sufrimiento”) fue cambiado por “Noche sin luceros” por sugerencia del animador de la agrupación, el veterano Jaime Pérez Parodi. Al referirse siempre a este canto, el maestro Rosendo conceptúa enfáticamente que, al igual que el colosal Leandro Díaz, él también fue uno de los grandes damnificados de la bonanza marimbera.
POR JULIO OÑATE MARTÍNEZ











